Zigzagueando en la hora pico, a Ezequiel le suena la alerta del celular. Pero esta vez la notificación no lo apura para entregar un pedido de comida, es el mensaje del grupo de Dorrego Street que confirma que en la zona pintada hay partido. Acelera por Vucetich, encara el puente y en menos de los 24 segundos del reloj -que no existe- deja la moto a un costado, se saca la mochila de Pedidos Ya, encaja el casco en el manubrio y entra a la cancha para completar los cinco del equipo. Como él, personas de todas las edades y desde lugares insólitos aparecen para sumarse al básquet callejero.
No está en el Bronx, ni los que juegan hablan en inglés. En el polígono del boulevard de Guaymallén, la mística que se respira es la del “potrero de la naranja”. Una canchita de básquet que reúne a chicas y chicos con camisetas de clubes de fútbol o de los archi rivales del básquet local; musculosas viejas que ya no tienen número; algunas que homenajean a los equipos de la NBA; zapas de lona o botitas profesionales. Todo contrasta hasta que pica la pelota y ahí todo se hermana para empezar a jugar.
El playón existe desde hace más de 20 años por iniciativa de los vecinos, y ahora está en su momento de apogeo. Las razones se pueden encontrar en que la disciplina viene creciendo especialmente en el caudal femenino que lo practica. También en la necesidad de contar con un espacio público para sacarse el gusto de tirar sin estar atado a pagar una cuota, o a las formalidades de una institución deportiva.
Lara Tejada Fernández (25) que hace tres meses juega federada para San Pablo, muchas veces va con su hermano Manu (23) que juega para YPF o con su papá Mario (61) un experto para la categoría Maxi en Atenas; Anzorena y Capital. “Aprovecho que a veces los varones en el mixto no te marcan tan fuerte hasta que se dan cuenta. Ahí sí empiezan las mañas, hay más roce. Me da mucho conocimiento personal, nunca fui tan deportista… sentirme frustrada y al rato poder manejar las emociones es lo que me enciende la chispa para seguir viniendo”, describe sobre la confianza de jugar entre amigos.
Mario Tejada.
La pasión de Mario, que empezó a los 15 en Giol, es hereditaria. “Amo este deporte y poder congeniar los tres, está espectacular”, respalda con su porte de más de 1,90 mts.
Cuando baja el sol las baldosas rojas empiezan a brillar por algún acomedido que les pasa el lampazo escondido en un costado. La puntualidad para llegar es un concepto elástico que se estira a las obligaciones de cada uno, al colectivo que baja desde La Favorita o al que sube desde El Algarrobal. Pero ya desde el mediodía han activado la convocatoria en el grupo de WhatsApp nombrado igual que la cancha: Dorrego Street, remarcando en la calle el origen de su identidad.
Cada uno cae con su propia naranja bajo el brazo, hacen un rejunte previsor donde conviven balones flamantes con otros que perdieron hasta el aire. Pero como entre ellos se conocen saben que siempre hay alguien que lleva el inflador. Una vez que el quórum está completo, la aritmética hace lo suyo: se arman los tres contra tres en media cancha si el físico pesa, o se corre el cinco contra cinco si la energía sobra, a cancha entera.
El que gana manda
Tienen reglas tácitas y códigos sagrados al estilo la pelota no se mancha ni se para. El suelo siempre está caliente. Nunca dejan de jugar porque el equipo ganador es “rey de cancha”. Elige aro o saque para el próximo partido y así mantienen una secuencia que no frena ni para tomar agua. “Si se junta mucha gente se juega a 11 para que todos tengan oportunidad de tocarla, si somos pocos a 21”, explica Maxi (21) que apenas sale de trabajar en el taller armando herramientas de izaje va a jugar para desconectar.
Tomás Mansilla ya se ganó el apodo del “Doc”, va a 4to de la secundaria y juega en la U19 y en la 1era de Anzorena. “Me encanta venir porque no es solamente jugar, acá charlás y pasás el tiempo”.
Tomás Mansilla, el "Doc".
Mientras cuenta entusiasmado, del otro lado del alambrado un jugador sin camiseta amaga el pase, clava el pie, mete un crossover corto y avanza por la línea de fondo. Cuando parece que va a definir salta y gira la muñeca al mejor estilo Jason Williams y suelta una asistencia sin mirar al compañero. Cuando éste convierte, retrocede al trote, como si lo que acabara de hacer fuera natural.
Como no hay árbitro, si hay falta se discute sobre la marcha y por no perder segundos en cancha todo sigue sin mayor conflicto. Si alguno se cae, ahí nomás aparecen cuatro manos para levantar de un tirón al que quedó tirado en el piso.
“El básquet siempre da una lección de fe, porque hasta el último segundo no se sabe quién puede ganar”, destaca Mario con la autoridad y humildad de un campeón.
Torneos y territorio
Después de la pandemia escasamente completaban el 3 contra 3, recuerda Manu Tejada Ferández, en cambio ahora hay que hacer fila para jugar. Con la pasión de un fan del deporte naranja junto a su hermana y otros chicos, organizaron torneos a puro pulmón que tuvieron una generosa convocatoria. Consiguieron patrocinadores del agua, la gomaespuma para proteger las jirafas, y algunos premios para coronar los partidos.
Para Narella (24), la sociología no está solo en los libros, sino en cada pique de esta canchita. Aunque sus mañanas transcurren entre los pasillos de un hospital y las tardes entre textos universitarios, todas las veces que puede recorre en colectivo los 15 kilómetros que separan El Algarrobal de Dorrego. A veces llega con ganas de entrar con los que están “más manija” otras para tirar más “chill” si esa es la vibra del día. No busca un contrato profesional; busca esa comunidad que solo se funde bajo el tablero.
Narella.
“Esta reunión es la mejor expresión de la comunidad. Se ha construido un espacio tan lindo que lo sentís como un lugar de pertenencia. Llegás y te incluyen”, valora. Algo parecido le pasa a Oscar que trabaja en la construcción, él es de Río Negro, hace un tiempo vive en el Barrio La Favorita y ya hizo algunos amigos en este espacio.
En Dorrego Street, el veterano que todavía conserva el tiro artesanal y el chico que recién empieza a dominar sus bandejas comparten algo más que la pelota: comparten una identidad que se construye. Porque en el básquet, como en la vida comunitaria, se grita gol cuando nadie queda fuera del partido.
Lo que se juega en este rectángulo de baldosas no se mide en puntos, sino en la red invisible que los sostiene. Cuando la luz del día se apaga y la luna queda suspendida sobre el aro, la canchita se duerme segura hasta el próximo pique.