Durante meses, hemos denunciado una maniobra retórica tan peligrosa como engañosa. El Ministerio de Seguridad de Mendoza, encabezado por Mercedes Rus, insiste en vendernos una realidad fragmentada: por un lado, la “inseguridad común” y, por el otro, el “ajuste de cuentas”.
Con esta distinción, intentan instalar una idea perversa: que si los muertos tienen antecedentes o pertenecen a bandas, son muertes de segunda categoría. Muertes que, supuestamente, no deberían preocupar al ciudadano de a pie. Nada más alejado de la realidad.
Lo más alarmante es la narrativa de minimización sistemática que emana de la propia Ministra. Escuchamos, casi con naturalidad, catalogar los asesinatos como meros "conflictos entre privados".
Al usar esta terminología, el Ministerio pretende lavarse las manos. Si es “entre privados”, sugieren que el Estado no tiene por qué intervenir. Pero seamos claros: cuando hay armas de fuego, territorios en disputa y estructuras narco, deja de ser un pleito particular para convertirse en una amenaza directa a la paz social.
Separar los homicidios bajo la etiqueta de "ajuste de cuentas" no es un ejercicio estadístico; es un mecanismo de ocultamiento. Es el maquillaje para tapar lo que los vecinos sufren a diario: el avance imparable del narcotráfico y una guerra de bandas que ya no conoce límites.
Que un asesinato sea un ajuste de cuentas no lo hace menos grave. Al contrario, es la prueba fehaciente de que grupos armados operan con total impunidad en nuestros barrios. Cada detonación es un recordatorio de que el territorio tiene nuevos dueños porque el Estado decidió ceder el control.
Lo advertimos y, lamentablemente, la realidad nos dio la razón de la peor manera. El caso de la niña de 11 años baleada en Godoy Cruz (víctima colateral de la violencia narco) rompió el cristal de la indiferencia oficial. Cuando las balas alcanzan a una infancia, se termina el relato del "se matan entre ellos". Ese episodio destapó la olla que el Gobierno intentaba mantener cerrada: el Estado se retiró de los barrios y ese vacío fue ocupado por el narcomenudeo.
Hoy, el Estado mendocino se ha convertido en un espectador de lujo. Mira para un costado mientras los "soldaditos" ganan terreno y la violencia escala a niveles inéditos. No se puede combatir lo que no se quiere reconocer. Si para el Ministerio un muerto es solo un número en una columna separada, están firmando su propia rendición.
El orden no se recupera con planillas de Excel maquilladas. Se recupera con presencia efectiva, social y policial, allí donde hoy solo manda el miedo. Basta de eufemismos. Un homicidio en nuestras calles es un fracaso de la gestión, se lo etiquete como se lo etiquete.
La guerra de bandas está aquí. El silencio oficial solo la hace más fuerte.