La aparente calma que el Gobierno intentaba consolidar en el frente de los precios sumó un factor de turbulencia. Tras meses de una marcada tendencia a la baja, la inflación mayorista, que es el índice de precios internos al por mayor (IPIM) que difunde el INDEC, experimentó un brusco salto al ubicarse en el 5,2 por ciento durante abril, quebrando el piso del 3,4 por ciento que se había registrado el mes anterior. Si bien desde el Palacio de Hacienda se apuraron a explicar que este repunte responde a un fenómeno puramente exógeno y transitorio —básicamente el fuerte encarecimiento global del petróleo y el gas a raíz de los conflictos bélicos en Medio Oriente—, la preocupación del mercado no se centra tanto en el origen del golpe, sino en su inevitable poder de propagación hacia el resto de la economía.

El argumento oficial que defiende el ministro Luis Caputo tiene rigor estadístico, ya que al aislar el rubro de los combustibles y los productos químicos, la inflación mayorista subyacente se mantuvo en un cómodo 1,1 por ciento mensual. Sin embargo, la teoría económica y la historia reciente de la Argentina demuestran que los precios de los combustibles no se comportan como un compartimento estanco. El petróleo es el insumo transversal por excelencia: mueve los camiones que distribuyen los alimentos, alimenta los procesos industriales y define las tarifas energéticas de las fábricas. Por eso, aunque las petroleras dosifiquen el impacto directo en los surtidores para no asfixiar el consumo, el incremento de los costos de producción ya empezó a presionar la estructura de gastos de toda la cadena de valor.

Este desfasaje temporal es el que proyecta una sombra de duda sobre la inflación minorista de mayo. Los analistas de las principales consultoras privadas advierten que los efectos de segunda ronda de este choque energético ya se están haciendo sentir en los costos logísticos y de transporte del mes en curso. La terca realidad de las góndolas suele reaccionar con algunas semanas de demora a los sacudiones mayoristas, lo que significa que el traslado a los precios minoristas de mayo podría complicar el objetivo presidencial de consolidar la desinflación en el terreno de un dígito bajo. Con las tarifas de los servicios públicos todavía en pleno proceso de reordenamiento, este nuevo frente de tormenta en los costos industriales obliga al equipo económico a recalibrar sus proyecciones para evitar que el bolsillo de los consumidores pague el costo del crudo internacional.