Hoy en Mendoza se dio un paso importante y se incorporó la responsabilidad parental en casos de acoso escolar al Código Contravencional. Traducido a la vida real: cuando hay bullying, la mirada ya no se queda sólo en la escuela o en el chico que agrede, sino también en los adultos responsables de ese chico o esa chica. La idea de la ley no es llenar de multas a nadie, sino poner por escrito algo que muchos venimos diciendo hace años: la escuela sola no puede, y los padres no podemos mirar para otro lado.
Si tu hijo sufrió bullying, sabés de lo que estoy hablando. No es una cargada más, no es “cosas de pibes”, es levantarse llorando, no querer ir a la escuela, dolores de panza que en realidad son angustia, cambios de colegio a las apuradas, familias que tienen que reorganizar toda su vida porque el entorno escolar se volvió un lugar de miedo. Si tu hijo es el que agrede, aunque cueste admitirlo, también hay algo que se rompe: porque un chico que lastima así a otro, también está pidiendo ayuda a los gritos.
La ley que aprobada plantea un procedimiento progresivo, donde primero se trabaja con las familias, se las convoca, se las escucha, se les ofrecen herramientas. Si no hay respuesta y el daño continúa, aparece la sanción: trabajo comunitario, obligaciones concretas. Educar no es sólo mandar al chico a la escuela y esperar que el resto lo resuelva, la familia tiene un deber de cuidado y supervisión, y cuando ese deber se abandona, el costo lo paga otro niño.
No lo digo desde un pedestal. Soy padre, trabajo muchas horas, y también me ha pasado de llegar tarde, de sentir culpa, de mirar el celular más de lo que debería cuando mi hija me está hablando. Pero justamente por eso creo que es necesario que nos lo digan fuerte: la educación empieza en casa. La escuela enseña contenidos, métodos, valores compartidos; pero el primer lugar donde un chico aprende a respetar, a poner límites y a pedir perdón, es el hogar, pero si en casa nadie se hace cargo, alguien tiene que tocar la puerta y decir “hasta acá”.
Ahora bien, sería injusto que todo el peso caiga sobre las familias y el Estado se desentienda. Para que esta ley funcione, hacen falta escuelas con equipos de orientación presentes, psicólogos, trabajadores sociales, herramientas claras y tiempo para abordar los conflictos. No alcanza con un protocolo prolijo en un papel si después, en la práctica, los equipos están recortados o desbordados. Si vamos a exigir más compromiso a los padres, también tenemos que exigir más presencia al Estado.
La salud mental de nuestros hijos es un tema que también tiene que estar presente en charlas y debates. La Organización Mundial de la Salud viene advirtiendo hace años sobre el aumento de la depresión, la ansiedad y los intentos de suicidio en adolescentes. El bullying se alimenta de chicos que no saben qué hacer con la bronca, la frustración, el miedo o la soledad. Ahí aparece algo que vengo proponiendo y que en otras provincias ya es ley que es la “educación emocional”. Queremos que esto sea parte de la formación de todos los días, igual de importante que matemática o lengua.
Esta ley sobre responsabilidad parental nos deja un mensaje incómodo y necesario: los adultos no podemos desentendernos. Nos toca escuchar más, preguntar más, estar más presentes, aunque estemos cansados, aunque el tiempo no alcance. Nos toca también ir a la escuela no sólo cuando nos llaman por un problema, sino antes, para construir juntos la convivencia que queremos.
Como diputado, voté a favor de esta norma. Como padre, creo que es una oportunidad para mirarnos al espejo y hacernos una pregunta sencilla y contundente: ¿qué tipo de adultos queremos que sean nuestros hijos? Si la respuesta es “empáticos, respetuosos y capaces de no destruir al que piensa distinto”, entonces el trabajo empieza puertas adentro de casa, sigue en la escuela y se completa con un Estado que no mire para otro lado.