En un contexto actual de constante retirada del Estado, la pregunta es : ¿Quién reparte comida cuando no alcanza el mango? El narco. ¿Quién te presta la plata para el remedio cuando no tenés un peso? El narco. ¿Quién te paga el entierro cuando se te muere un familiar y no tenés dónde caerte muerto? El narco.¿ Quién financia algunos merenderos y comedores? El narco.
Esta letanía, que parece sacada de un guion de Netflix sobre Medellín o Rosario, es hoy la banda sonora de muchos barrios en Mendoza y Godoy Cruz. Lo que antes era una sospecha susurrada, hoy es una realidad tangible: el narcotráfico ya no es solo un problema de seguridad pública; es un sistema de reemplazo social.
No nos confundamos. El narco no es bueno, es vivo y parte de una organización criminal. Su supuesta generosidad no es filantropía, es una inversión en lealtad y silencio. Al financiar un merendero, pagar una fiesta de 15 o prestar los ladrillos para "la piecita", la organización criminal no está ayudando al vecino; está comprando el barrio.
Este avance territorial construye una legitimidad peligrosa. El narco ocupa el lugar que el Estado dejó vacío al retirarse. En ese vacío, la economía paralela y los códigos propios dictan la ley. Hoy hay una generación entera creciendo bajo la regla del miedo, donde el horizonte de un pibe no es el estudio, sino convertirse en el próximo "soldadito".
La batalla no es solo policial. Para ganarle al narcotráfico no alcanza solo con la policía o las armas. Si seguimos creyendo que el problema se agota en un patrullero, vamos a seguir perdiendo la batalla. No hay seguridad sin integración, y no hay paz si el que te cuida es el que te vende la droga.
La derrota del narco empieza cuando el Estado llega antes:
Garantizando lo básico: El alimento, la salud y la vivienda digna no pueden depender de la "buena voluntad" de un delincuente.
Reconstruyendo el tejido: Los clubes de barrio, los centros culturales y la educación pública son la única barrera real contra el reclutamiento.
En el corto plazo, lo que se necesita es una decisión política real para combatir el avance del crimen organizado. Necesitamos una política de seguridad eficiente, lejos del show mediático y el circo para las cámaras que solo busca el impacto del momento. La lucha contra la criminalidad requiere medidas concretas y silenciosas, donde el eje central sea la protección de los vecinos. Hoy, muchas familias viven amedrentadas por estas bandas, rehenes en sus propias casas, y es el Estado quien debe garantizarles que denunciar o vivir honestamente no sea una sentencia de muerte.
En este escenario de retirada, son las iglesias de todos los credos las que intentan ponerse al frente con un trabajo social increíble. Pero no pueden solas. No se le puede pedir a una institución religiosa que supla la responsabilidad estructural de un Gobierno.
Recuperar Mendoza requiere una decisión política valiente: dejar de mirar para otro lado. El avance del narcomenudeo es la consecuencia directa de un Estado que soltó la mano de los más vulnerables. El desafío es reconstruir la comunidad para que el cuidado del ciudadano no quede nunca más en manos del delito.
Por Martín González, concejal en Godoy Cruz