El consumo de sustancias de diseño ha registrado mutaciones alarmantes en los últimos años, impulsado por estrategias de marketing que buscan volver atractivos productos de alta toxicidad. El caso más paradigmático en el ocio nocturno actual es el de la denominada "cocaína rosa", la droga encontrada en el departamento de Jésica Cirio, también llamada "tusi" o "tusibí". Según advierten desde el Centro Elphis, una institución española especializada en el tratamiento de adicciones en Madrid, el nombre de este estupefaciente es un eufemismo engañoso utilizado por las redes de tráfico: la sustancia no contiene cocaína en absoluto, sino que se trata de un peligroso cóctel sintético cuyo color se logra artificialmente mediante colorantes alimentarios o edulcorantes.

La principal preocupación de los profesionales médicos radica en la absoluta incertidumbre sobre la composición química de cada lote. Aunque originalmente el término se asociaba al compuesto psicodélico 2C-B, las incautaciones actuales demuestran que lo que se vende en polvo o pastillas suele ser una mezcla variable de ketamina, anfetaminas, LSD, MDMA y cafeína. Al no existir un patrón fijo, los consumidores se exponen a efectos totalmente impredecibles. Los riesgos se multiplican de forma severa cuando la sustancia se ingiere diluida en bebidas alcohólicas o energizantes, una práctica frecuente en contextos de fiesta que provoca una estimulación desmedida del sistema nervioso central y eleva drásticamente las probabilidades de sufrir cuadros de taquicardia, hipertensión severa o infartos agudos de miocardio.
A corto plazo, la ingesta de esta droga genera desde euforia y distorsión de la percepción hasta episodios de ansiedad, alucinaciones y deshidratación que pueden prolongarse entre dos y ocho horas. Sin embargo, el Centro Elphis remarca que el verdadero peligro se consolida en el mediano y largo plazo debido a su enorme potencial adictivo, equiparable al de las metanfetaminas. El desarrollo de una dependencia física y psicológica puede iniciarse incluso tras un único consumo, empujando al usuario a una escalada de tolerancia donde requiere dosis cada vez mayores para alcanzar el mismo efecto, incrementando sustancialmente la posibilidad de una sobredosis mortal o de secuelas permanentes como deterioro cognitivo, ataques de pánico y depresión profunda.

Identificar de manera temprana las señales de alerta resulta vital para el entorno familiar y social. A nivel físico, quienes consumen "tusi" suelen manifestar una marcada pérdida de peso, pupilas dilatadas, sudoración excesiva y fallas en la coordinación motora; conductualmente, los signos incluyen irritabilidad, paranoia, insomnio prolongado y un progresivo aislamiento de sus círculos afectivos. El abordaje de esta adicción exige un proceso riguroso de desintoxicación en entornos clínicos controlados, donde equipos multidisciplinarios combinan la estabilización médica de los síntomas de abstinencia con terapias cognitivo-conductuales a largo plazo para asegurar una recuperación sostenible.