Sergio Bruni
Entre el relato del orden y el silencio sobre el deterioro institucional
El autor de la columna analiza el discurso del gobernador Alfred Cornejo y afirma que "el discurso oficial, sobrevuela una “Mendoza glamorosa” sin detenerse a analizar lo que sucede en los vastos sectores afectados".El discurso de Alfredo Cornejo ante la Asamblea Legislativa fue, en términos formales, solo formales, difícil de objetar. Ordenado, extenso, saturado de cifras y logros, con una narrativa consistente. Un mensaje que busca transmitir previsibilidad, racionalidad y rumbo. Pero justamente por eso, por su prolijidad casi quirúrgica, deja expuesto su principal déficit: la desconexión entre el relato de gestión y los conflictos reales de poder que atraviesan hoy a Mendoza.
Cornejo vuelve a apoyarse en su concepto rector: el “orden”. Orden fiscal, orden administrativo, orden en la inversión, orden como sinónimo de buena política. Es una construcción discursiva eficaz, porque ofrece una idea simple en un contexto complejo. Pero también es una simplificación peligrosa: el orden no es un fin en sí mismo, ni garantiza por sí solo desarrollo, equidad ni calidad institucional.
De hecho, el discurso parece asumir, que ese orden ya está produciendo resultados estructurales. Se enumeran obras, porcentajes, inversiones, indicadores sectoriales. Todo cuidadosamente seleccionado para sostener la idea de un modelo que funciona. Sin embargo, lo que falta es justamente lo más difícil: una evaluación honesta del impacto de ese modelo en la vida concreta de los mendocinos. Si se mira con algo de detenimiento lo que ocurre en el gran Mendoza, empieza a delinearse un patrón que merece ser observado con mayor cuidad. En los barrios populares urbanos o de sectores medios, donde la bronca se expresaba más abierta, hoy asoma otra cosa, más contenida: una combinación de cansancio y repliegue, no es conformismo; se parece más a una estrategia de resignada adaptación.

El discurso oficial, sobrevuela una “Mendoza glamorosa” sin detenerse a analizar lo que sucede en los vastos sectores afectados. La desconexión entre el relato y la realidad es políticamente perturbadora.
Porque la política no se mide solo en supuestos kilómetros de ruta o megavatios instalados. Se mide en empleo genuino, en oportunidades, en expectativas. Y en ese plano, el discurso se vuelve elusivo. Reconoce “esfuerzos”, pero no entra en el terreno del conflicto social ni en las desigualdades persistentes. Es un mensaje que administra la realidad a su manera. ¡De la pesada carga impositiva que sufren los emprendedores nada dice, de la inseguridad cotidiana, menos!
Sin embargo, el punto más crítico está en lo institucional.
En un contexto donde crecen las voces -en ámbitos jurídicos, empresariales, intelectuales, políticos e incluso mediáticos - que advierten sobre la injerencia del Poder Ejecutivo en el Poder Judicial, el discurso del gobernador opta por un silencio absoluto. No hay una sola referencia, ni siquiera tangencial, a uno de los debates más delicados del presente mendocino. O del manejo absoluto de todos los organismos de control, también hay una omisión total, o sea, la degradación institucional no parece estar en el radar del gobierno.
No es un dato menor. Es una omisión estructural.
La relación entre el poder político y la justicia no es un tema más: es el corazón del sistema republicano. Y hoy ese vínculo está bajo sospecha. No por afirmaciones aisladas o marginales, sino por una percepción creciente vinculada al funcionamiento de los mecanismos de designación, al rol del Consejo de la Magistratura y a ciertas decisiones judiciales que alimentan la idea de alineamiento.
Frente a ese escenario, el silencio del discurso oficial no puede interpretarse como descuido. Es una decisión. Y como toda decisión política, tiene implicancias.
Porque mientras se construye una narrativa de “Estado ordenado” y “credibilidad institucional”, se evita deliberadamente discutir si ese orden incluye, la independencia de uno de los poderes del Estado. Y ahí aparece una contradicción de fondo: no hay orden republicano sin equilibrio de poderes, ni credibilidad institucional sin justicia independiente.
El discurso habla de eficiencia, de inversión, de modernización. Pero evita hablar de poder. Y la política, en última instancia, es siempre una disputa por el poder y sus límites.
En ese marco, el tramo final del mensaje adquiere un sentido más profundo. Cuando Cornejo advierte que “romper es más fácil que construir” y plantea la necesidad de continuidad, no está simplemente cerrando un balance de gestión. Está fijando una posición política: el modelo no solo debe ser valorado, sino también preservado y a perpetuidad si fuera posible
Ahora bien, esa apelación a la continuidad, en ausencia de una discusión abierta sobre los mecanismos de control institucional, abre un interrogante inevitable: ¿continuidad de qué, exactamente? ¿De un modelo de gestión eficiente o de una forma de ejercer el poder con controles cada vez más difusos?
El discurso funciona, sin dudas, como una pieza sólida de legitimación. Ordena la narrativa, exhibe resultados, proyecta futuro. Pero también revela sus límites: es un discurso que explica, pero no se somete a las preguntas que están flotando en el entramado social.
Y entre todas esas preguntas, hay una que sobresale por su ausencia: ¿Cuál es hoy, realmente, el estado de la independencia judicial en Mendoza? Esa pregunta no apareció en el recinto. Pero sigue, cada vez con más fuerza, instalada en la sociedad.
Y en política, cuando una pregunta crece afuera, el silencio adentro no la neutraliza: la vuelve más elocuente.
Por Sergio Bruni
