El reciente informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina deja un mensaje que merece una reflexión profunda. Más allá de las diferencias metodológicas que puedan existir con las mediciones oficiales, hay un dato que interpela a toda la dirigencia: la reducción de la pobreza parece haber encontrado un límite.
Durante los últimos meses, la desaceleración de la inflación permitió una recuperación parcial de algunos indicadores sociales. Sin embargo, el propio informe advierte que ese impulso comienza a agotarse. Los salarios dejaron de acompañar el aumento del costo de vida, crecieron la informalidad y la subocupación, aumentó la presión de los gastos fijos sobre los hogares y, quizás el dato más preocupante, uno de cada cinco trabajadores continúa siendo pobre.
Ese dato debería llevarnos a una reflexión más profunda.
Porque cuando el trabajo deja de garantizar una vida digna, el problema ya no es solamente económico. Es un problema de desarrollo.
La estabilidad macroeconómica es indispensable. Nadie discute eso. Después de muchos años de inflación crónica e incertidumbre, recuperar previsibilidad constituye una condición necesaria para que la economía vuelva a crecer.
Pero la estabilidad no puede convertirse en un fin en sí mismo.
Es una condición para alcanzar un objetivo mucho más ambicioso: el desarrollo.
Y el desarrollo no ocurre por inercia. No aparece automáticamente cuando baja la inflación ni cuando se ordenan las cuentas públicas. Requiere políticas públicas inteligentes, inversión, innovación, infraestructura, financiamiento y una estrategia territorial capaz de transformar el crecimiento económico en empleo de calidad y oportunidades para las personas.
Ese es, a mi entender, el gran desafío de esta etapa.
Si la discusión pública queda reducida exclusivamente a los indicadores macroeconómicos, corremos el riesgo de perder de vista aquello que realmente cambia la vida de las personas: la posibilidad de trabajar, producir, emprender y progresar en el lugar donde eligieron vivir.
Por eso necesitamos volver a hablar de desarrollo territorial.
Cada región posee recursos, capacidades y oportunidades distintas. No alcanza con esperar que las inversiones lleguen; debemos construir las condiciones para que esas inversiones generen un verdadero efecto multiplicador en cada territorio.
Cuando hablamos de minería, de vitivinicultura, de agroindustria, de economía del conocimiento, de energía o de turismo, no deberíamos preguntarnos solamente cuánto se invierte o cuántos empleos directos se generan.
La verdadera pregunta es otra.
¿Cuánto valor agregado queda en el territorio?
¿Cuántas PyMEs se integran a esa cadena productiva?
¿Cuántos proveedores locales se fortalecen?
¿Cuánta innovación se incorpora?
¿Cuánto empleo calificado se crea?
¿Cuántos jóvenes encuentran oportunidades para desarrollar su proyecto de vida sin verse obligados a emigrar?
Esas son las preguntas que distinguen una política de crecimiento de una verdadera política de desarrollo.
Mendoza tiene condiciones excepcionales para construir ese camino. Nuestra matriz productiva, la calidad de nuestros recursos humanos y la diversidad de nuestras actividades económicas nos permiten pensar un modelo que combine competitividad, innovación, sostenibilidad y generación de empleo.
Pero eso requiere planificación, articulación entre el sector público y el privado y una mirada de largo plazo.
La pobreza no se reduce de manera sostenible únicamente con asistencia social, ni exclusivamente con estabilidad macroeconómica.
Se reduce cuando una economía es capaz de generar inversión, productividad, empleo formal y oportunidades distribuidas en todo el territorio.
Por eso creo que la gran discusión que viene ya no debería ser solamente cómo estabilizar la economía.
La discusión que viene debe ser cómo convertir esa estabilidad en desarrollo.
Porque, cuando el desarrollo está ausente, la pobreza tarde o temprano vuelve.
Y ese es un desafío que exige construir una agenda común, capaz de trascender las coyunturas y poner en el centro aquello que realmente transforma la vida de las personas: el desarrollo productivo con arraigo, innovación y oportunidades en cada rincón de nuestro territorio.
Por María Gabriela Lizana. Diputada Provincial de Mendoza – Frente Renovador. Abogada. Máster en International Business. Empresaria PyME vitivinícola y consultora en desarrollo productivo, comercio internacional y desarrollo territorial.