Mientras desde los resortes del poder central y algunos discursos provinciales se impulsa la mercantilización total del suelo bajo el dogma absoluto de la inviolabilidad de la propiedad privada, la realidad cotidiana de los mendocinos muestra una cara diametralmente opuesta. Departamentos extensos y postergados, como Malargüe, se encuentran al límite de lo que toleran la ley y la dignidad humana, con bolsones de pobreza estructural y una flagrante falta de oportunidades que se consolida barrio adentro, lejos de los despachos oficiales y de las grandes cifras macroeconómicas.
Se agita la bandera de la propiedad privada, pero, en los hechos, lo que se busca flexibilizar, subastar y extranjerizar son nuestros bienes comunes: el agua, los bosques nativos, las reservas estratégicas y el suelo productivo. Un claro ejemplo de esta tensión es el intento persistente de modificar la Ley de Manejo del Fuego, una normativa clave que prohíbe el cambio de uso del suelo en zonas arrasadas por incendios para desalentar la especulación inmobiliaria y evitar que un bosque nativo devastado se transforme, mediante negociados, en un exclusivo country.
Mientras en el Congreso de la Nación se intenta edulcorar y disimular el impacto real de estas medidas, aparecen en el centro de la escena política actores con evidentes conflictos de interés. El caso de dirigentes como el senador Benegas Lynch, vinculado a corporaciones dedicadas a la venta de tierras a capitales extranjeros, desnuda el verdadero propósito de estas reformas. Como dice el refrán popular: si tiene cuatro patas, mueve la cola y ladra, es un perro. Y esto tiene todos los rasgos de un avance sistemático sobre el patrimonio de las grandes mayorías.
La soberanía territorial no es un capricho ideológico; es la garantía de subsistencia para las generaciones futuras. Cuando se hipoteca el suelo mendocino, se despoja a su pueblo de su identidad, de su capacidad de decidir y de su futuro económico. Como inmortalizaron nuestros poetas populares, entre ellos el Duende Garnica: no quiero de más, quiero lo que es mío. Es tiempo de despertar conciencias y frenar el despojo, porque, como recuerda el viejo grito federal: ¡Levántate, cagón, que aquí canta un argentino!