José Pozzoli
Magnifica Humanitas: la política frente al nuevo poder tecnológico
El autor analiza la encíclica Magnifica Humanitas y afirma que constituye uno de los pronunciamientos políticos y sociales más valientes de nuestro tiempo.Con la encíclica Magnifica Humanitas, León XIV firma uno de los pronunciamientos políticos y sociales más contundentes de la actualidad. El Pontífice no se limita a ponderar los beneficios ni a alertar sobre los riesgos de la inteligencia artificial. Su reflexión va mucho más allá: sostiene que la revolución digital está configurando un nuevo orden mundial, donde el poder tecnológico puede condicionar la vida de millones de personas, influir en las políticas públicas y desafiar la soberanía de los Estados.
No estamos ante un gobierno mundial formal, dotado de autoridades visibles o instituciones reconocidas. Estamos ante algo más difícil de identificar: un gobierno fáctico y transnacional, ejercido mediante el control de los datos, los algoritmos, las plataformas digitales y la capacidad de procesamiento. Un reducido número de corporaciones puede determinar qué información circula, qué contenidos adquieren visibilidad, quién accede al crédito o al trabajo y qué comportamientos son premiados, orientados o excluidos.
León XIV pone el foco en un fenómeno que, a su juicio, no puede seguir siendo ignorado: la creciente concentración del poder digital. Advierte que ese poder ya no reside exclusivamente en los Estados, sino que también está en manos de grandes corporaciones tecnológicas y económicas que fijan reglas con impacto sobre millones de personas, pese a no haber sido elegidas democráticamente, contar con escasos mecanismos de control y no asumir, en muchos casos, una responsabilidad acorde con la influencia que ejercen. En este contexto, la inteligencia artificial deja de ser una simple herramienta tecnológica para convertirse en un factor que incide directamente en la vida social, ya que clasifica, predice, recomienda, selecciona y condiciona las decisiones humanas.
La encíclica tampoco cae en un rechazo ingenuo de la tecnología. Reconoce sus enormes posibilidades para la medicina, la producción, el conocimiento, la educación y el cuidado de la tierra como don del creador. Pero recuerda una verdad fundamental: la técnica no es neutral. Todo sistema tecnológico incorpora decisiones, intereses y una determinada concepción de la persona. Por eso, la pregunta central no es solamente qué puede hacer la inteligencia artificial, sino quién la controla, con qué finalidad y en beneficio de quién.
Gobernar la innovación significa someterla a un orden moral y político. Para la concepción católica de la política, gobernar no es administrar intereses sectoriales ni acompañar pasivamente las fuerzas del mercado. Es orientar la vida social hacia el bien común, reconociendo que la persona es principio, sujeto y fin de todas las instituciones.
La Doctrina Social de la Iglesia, rescatada por León XIV, proporciona los criterios para esta tarea. El bien común exige que la innovación beneficie a toda la sociedad. El destino universal de los bienes impide que los datos y el conocimiento queden apropiados por unos pocos. La subsidiariedad reclama que las comunidades, las familias, los trabajadores y los organismos intermedios participen en las decisiones que los afectan. La solidaridad obliga a considerar a quienes pueden quedar excluidos. La justicia social exige que la equidad entre los distintos sectores sociales y la dignidad estén presentes desde el diseño mismo de los sistemas tecnológicos.
Esto supone recuperar el valor de la política. Los Estados no pueden ser simples espectadores ni consumidores de tecnologías creadas en otros centros de poder. Deben establecer reglas, proteger los datos personales, exigir transparencia, garantizar el derecho a cuestionar las decisiones automatizadas y evitar la formación de monopolios digitales. Pero tampoco se trata de reemplazar el poder tecnológico por un Estado que vigile y controle ilimitadamente. La subsidiariedad también protege a la persona frente al poder público.
La cuestión laboral ocupa un lugar central. Si la inteligencia artificial aumenta la productividad, pero destruye empleos, precariza trabajadores o concentra sus beneficios, no puede hablarse de verdadero progreso. La innovación debe acompañarse de capacitación, participación laboral, protección social y distribución justa de sus frutos. El trabajo no es un costo que deba eliminarse, sino una dimensión de la dignidad humana.
También están comprometidas la verdad y el gobierno. Cuando los algoritmos deciden qué vemos y las plataformas premian la polarización, la mentira puede convertirse en instrumento de dominación. Sin una relación leal con los hechos, la libertad política se vacía. Por eso la encíclica reclama una auténtica comunicación que propicie la construcción y protección de un espacio informativo orientado a la verdad, la dignidad humana, el diálogo y el bien común mediante una educación que forme ciudadanos capaces de pensar, discernir y decidir cuándo utilizar la inteligencia artificial y cuándo prescindir de ella.
El llamado de León XIV alcanza su máxima gravedad frente a las armas autónomas: ninguna máquina puede recibir la potestad de decidir sobre la vida y la muerte. La responsabilidad moral nunca puede disolverse dentro de un algoritmo.
Magnifica Humanitas devuelve a la política su misión más elevada. No propone detener el futuro, sino disputarle su orientación a quienes pretenden convertir el poder tecnológico en derecho a gobernar. Gobernar la innovación es garantizar que la inteligencia artificial permanezca al servicio de la persona, de los pueblos y de la paz. La alternativa es clara: o reconstruimos pacientemente una comunidad política basada en Dios, la dignidad y el bien común, o levantamos una nueva Babel digital, poderosa, eficiente y profundamente inhumana.
Por José Pozzoli, Especialista en Políticas Públicas
