Francisco Javier Guardiola
Matar al padre
"Messi fue el ejemplo a seguir de estos niños que hoy son hombres. Messi fue el padre de todos. Les enseño a jugar. Les mostró que el fútbol era un arte, que era música, poesía y baile", asegura el autor de la columna.“Lo que finalmente sé sobre la moral y las obligaciones
de los hombres, se lo debo al Fútbol…”
(Albert Camus en “Lo que le debo al fútbol”)
Han pasado ya algunos días desde que terminó el Mundial. Quiero salir de lo evidente para entrar, rápidamente, en temas más vidriosos, esos que nos ponen en contradicción y que nos sumergen en las mejores dudas. Empezaremos entonces por reconocer el dato más evidente: la final la ganó el seleccionado español, que fue el que mejor hizo las cosas. Punto.
Pero hay otros temas interesantes, los que conllevan más vida, los que andan por caminos pedregosos, con menos lógica. Uno de estos se liga con la relación de padre e hijos que existe entre Leo Messi y los jugadores españoles, asunto que dejaré para el final. Otro tema es la manera de entender el fútbol que tenemos los argentinos. Sería muy bueno que el pensamiento que nos quiso transmitir Scaloni al decirnos, antes del partido contra Inglaterra, que “solo se trata de un partido de fútbol”, fuera cierto y fácil de aceptar. El mismo Scaloni lo dijo tal vez para evitar una carnicería mediática innecesaria. Él sabía perfectamente que la ilusión de nuestros jugadores era llevar hasta lo más alto posible la bandera nacional, al borde del chauvinismo si se quiere, pero sobre todo, con toda la pasión y la alegría de sentirse argentinos. Una ilusión pasajera, que duraría lo que dura un mundial, o una Copa América, o lo que dura un partido de fútbol. Es la misma ilusión que tuvo Platón al escribir La República o Tomas Moro con su “Utopía”, o la ilusión de Saint-Simon cuando nos habla de industriales buenos y honestos y trabajadores comprensivos y pacientes que conforman una sociedad perfecta. No, parece que no era solo fútbol y Scaloni lo sabía. Si no fuera así no habría llorado desconsoladamente en su última conferencia de prensa luego del partido final. Lo explica muy bien Alejandro Dolina en una entrevista que le hicieron hace más de treinta años. Dolina cita al poeta inglés Samuel Taylor Coleridge, que nos dice que para entender y apreciar el arte es necesario suspender la incredulidad y tener algo de fe poética, por eso es que lloramos en el teatro o en el cine ante una escena que nos toca las hebras sensibles del alma, olvidándonos que se trata solo de actores y actrices, de una obra de teatro o de cine de ficción. En la analogía con la Selección, suspendimos por un tiempo la idea de que solo eran partidos de fútbol con reglas impartidas por un organismo supranacional, la F.I.F.A. Por eso pusimos un trapo con la leyenda de Malvinas, por eso hicimos como nadie los banderazos multitudinarios, por eso hubo gente cayendo de los semáforos y una multitud en el Obelisco, por eso el llanto de millones, aun de aquellos que durante cuatro años no ven nada de fútbol, por eso el insomnio y las pesadillas. Durante los treinta y nueve días que duró el mundial, los argentinos, nos olvidamos que teníamos grietas ideológicas, económicas, sociales, etarias, de género y de clase, y nos desplazamos por el mundo como si fuéramos los 300 de Leónidas. Es una ficción propia del arte.
Los argentinos entienden el fútbol desde los orígenes de este deporte. Quizás los más parecidos sean los brasileros y por supuesto, mal que nos pese, los inventores de este juego sagrado, los ingleses. Es que los ingleses formaron la primera asociación estableciendo las reglas del juego en 1.863, y en 1.867, solo cuatro años después, con el desarrollo de los ferrocarriles y los frigoríficos ingleses en el Río de la Plata, se fundaba la Buenos Aires Football Club, mucho antes que en toda la Europa continental. Podríamos decir que Argentina fue cofundadora y divulgadora inicial del deporte de pelota más lindo del mundo.
Todo este relato intenta explicar el por qué en Argentina se festeja un segundo puesto mundial de una manera más efusiva que como España festeja un primer puesto. Los argentinos somos hinchas de nuestra selección. En España hay españoles -algunos catalanes y algunos vascos- que no festejaron, cosa que no sucede en este rincón austral del planeta. Este relato intenta explicar también por qué se reacciona físicamente ante el comentario discriminador de Dani Olmo llamando “simios” a nuestros jugadores o ante las palabras difamatorias de Laporte o de Gavi al decirnos que el mundial estaba amañado para que lo ganara Argentina, cosa que finalmente no sucedió, quedando a la intemperie la mentira para predisponer el arbitraje de la final. Quedó a la vista que los supuestos nobles jugadores de España no eran tan nobles como quiso hacernos creer el buen entrenador Luis de la Fuente, mostrándonos así la gran hipocresía con que los moralistas siempre hacen gala de su moral. Finalmente, el relato sirve para entender que el fútbol es algo más que fútbol y que no se juega con “tutú” ni con zapatillas de media punta como las que usan las bailarinas clásicas.
Un párrafo aparte para el extraordinario escritor Arturo Pérez Reverte. Dijo que los jugadores argentinos que se mezclaron en una pelea después del partido “representan la parte más violenta e irracional de cierta detestable sociedad argentina". El creador del Capitán Diego Alatriste y Tenorio, tiene razón, pero exagera. Se olvidó de completar su amonestación. Debió haber dicho también que los jugadores españoles que intentaron mal predisponer el arbitraje con calumnias previas -el caso de Laporte- o que luego del partido final se burlaron aviesamente de los perdedores -Dani Olmos y Gavi- o el golpe de puño que Borja Iglesias le aplica a Cuti Romero, no representan justamente al Quijote de la Mancha ni a los valientes Tercios de Flandes, sino más bien a esa parte detestable y violenta de la sociedad española, la misma que delataba cobardemente a moros y judíos para que fueran luego quemados en la hoguera. Señor Pérez Reverte, muy mal Paredes y Ayala, pero si decimos una cosa, digamos también la otra.
Debo decir algo sobre el título que tiene esta página. “Matar al padre”. Es una licencia literaria que hago emulando a Sigmud Freud. El concepto tiene relación con la necesidad de crecer y de superar la autoridad e influencia del padre. Desde que Leo Messi debutó en un partido por la Liga Española el 16 de octubre de 2004, a sus recién cumplidos diecisiete años, hasta el domingo 19 de julio de 2026, a sus treinta y nueve, el norte de miles de futbolistas españoles, especialmente los del Fútbol Club Barcelona, quedó marcado por Messi. Hablo de Yamal, Gavi, Cubarsí, Olmo, Pedri, García, Muñoz, Cucurella y Grimaldo, si es que no me falta alguno. Y si ampliamos la lista de aquellos que no vienen del Barcelona, pondremos a Rodrigo, Oyarzábal, Williams, Merino y a tantos otros. Messi fue el ejemplo a seguir de estos niños que hoy son hombres. Messi fue el padre de todos. Les enseño a jugar. Les mostró que el fútbol era un arte, que era música, poesía y baile. Les explicó con el ejemplo que los goles se festejan abrazándose con los compañeros y que las gambetas o como le llaman los españoles, las fintas, más allá de que respondan a alguna técnica, son expresiones de la libertad. Es cierto, ya había un estilo que daba un sentido de pertenencia al Barcelona de la mano de Cruyf y del Pep Guardiola, pero Messi lo volvió sublime. Antes de Messi, mucho antes, a la selección española le llamaban “La Furia”, porque se asemejaba a la ferocidad bruta de un toro de lidia, pero como un toro de lidia, era siempre ajusticiado por un matador, otro más hábil o más inteligente. Leo Messi es el padre de los campeones y es argentino.
Por Francisco Javier Guardiola
