Sergio Bruni
Después de Milei, la Argentina frente al péndulo
"La pregunta que comienza a instalarse, aunque todavía muchos prefieran evitarla, es qué ocurrirá con el proyecto político de Javier Milei cuando Milei ya no esté", sostiene el autor de la columna.La Argentina tiene una dificultad histórica para construir continuidad. Cada gobierno parece llegar con la convicción de que el país comienza con él y que todo lo anterior debe ser demolido. Como si gobernar consistiera, antes que nada, en borrar las huellas del gobierno precedente. Esa lógica explica buena parte de nuestros fracasos.
La pregunta que comienza a instalarse, aunque todavía muchos prefieran evitarla, es qué ocurrirá con el proyecto político de Javier Milei cuando Milei ya no esté. No necesariamente mañana. Pero la política que piensa en serio debe mirar más allá de los liderazgos de turno.
Porque los países no se transforman únicamente cuando un presidente llega al poder. Se transforman, sobre todo, cuando determinadas ideas consiguen sobrevivir a quienes las encarnaron.
Llevamos 43 años ininterrumpidos de democracia. Cuatro décadas atrás, esa continuidad parecía casi impensable. La convicción de que la democracia debía ser para siempre fue impulsada por Raúl Alfonsín, con el radicalismo como sostén político. Sin embargo, aquella idea terminó sobreviviendo al propio Alfonsín y a la Unión Cívica Radical porque dejó de pertenecer a un partido para convertirse en una convicción nacional.
La verdadera prueba del fenómeno libertario será saber qué quedará de Milei cuando Milei ya no esté.
Es posible que algunas de sus ideas macroeconómicas sobrevivan. El equilibrio fiscal, el control de la emisión monetaria, la reducción del déficit y una mayor disciplina en las cuentas públicas no son cuestiones que la Argentina pueda abandonar sin volver a pagar el precio de sus viejos desequilibrios.
Durante décadas, el país pretendió vivir por encima de sus posibilidades. Gastó más de lo que podía, emitió para cubrir la diferencia y terminó pagando la cuenta con inflación, pobreza y pérdida del poder adquisitivo.
La Argentina ha aprendido, al menos, que ese camino conduce al fracaso.
Por eso sería bueno que Javier Milei fuera reelegido. No por una adhesión incondicional a su figura. Tampoco porque todo lo realizado durante su gestión haya sido necesariamente acertado. Y mucho menos porque la elección deba convertirse en un plebiscito permanente sobre la personalidad del Presidente.
La razón es otra: la Argentina necesita consolidar su macroeconomía.
Un proceso de estabilización no puede quedar a mitad de camino. La inflación, el déficit, la emisión, el endeudamiento y la falta de confianza no desaparecen de un día para otro. La recuperación de una economía devastada requiere tiempo, consistencia y previsibilidad.
El país no puede volver a empezar de cero cada cuatro años.
Pero tampoco puede creer que la macroeconomía es una respuesta suficiente para todos los problemas. Porque mientras los grandes números se ordenan, la vida cotidiana continúa reclamando respuestas.
Una familia que no llega a fin de mes. Un trabajador que perdió capacidad de consumo. Un jubilado que debe elegir entre comprar medicamentos o pagar los servicios. Un joven que no puede acceder a una vivienda. Una pequeña empresa que lucha por sobrevivir.
A todos ellos no alcanza con mostrarles una planilla de Excel.
La estabilidad macroeconómica no puede convertirse en una religión. El déficit cero no puede transformarse en una explicación suficiente para cada dolor social. La eficiencia del Estado no puede confundirse con su indiferencia.
El desafío no es elegir entre equilibrio fiscal y sensibilidad social. Esa es una falsa disyuntiva.
La verdadera discusión consiste en construir un Estado que no gaste irresponsablemente, pero que tampoco abandone a quienes no tienen las herramientas necesarias para atravesar una transformación económica.
Porque allí aparece el gran riesgo argentino: el péndulo.
Pocas cosas resultan más atemorizantes para un inversor que comprobar que los logros alcanzados pueden quedar reducidos a cero con la llegada de un gobierno diferente. La previsibilidad no significa que las políticas no puedan cambiar. Significa que el cambio no debe implicar, una y otra vez, comenzar todo desde el principio.
La Argentina ha vivido demasiadas veces la misma secuencia.
Después de los excesos llega la reacción que promete ordenarlo todo. Y después del ajuste, cuando los costos sociales se acumulan y la sociedad pierde la paciencia, vuelve la tentación del gasto fácil, del subsidio indiscriminado y de un Estado que promete resolverlo todo.
Primero, la irresponsabilidad de gastar sin recursos. Después, la irresponsabilidad de creer que cualquier costo social puede justificarse en nombre de cuadros estadísticos.
Dos extremos. Dos fracasos. La Argentina necesita salir de esa lógica.
Necesitamos una economía equilibrada, pero también una política con humanidad. Necesitamos comprender que el crecimiento no es una abstracción estadística; que el empleo no es simplemente un indicador; que la inflación no es únicamente una variable macroeconómica.
Detrás de cada punto porcentual hay vidas concretas.
Pero también debe entender que la sensibilidad social no puede financiarse eternamente con deuda, emisión o impuestos confiscatorios. No hay política social sostenible sin una economía que genere los recursos necesarios para sostenerla.
El desafío de la etapa posterior a Milei será, precisamente, construir una síntesis.
Conservar la disciplina fiscal, pero mejorar la calidad del gasto. Reducir el tamaño de un Estado ineficiente, pero fortalecer aquellas políticas públicas que resulten necesarias. Evitar la emisión irresponsable, pero no confundir austeridad con indiferencia.
No se trata de volver al pasado.
La Argentina no necesita otra refundación. Necesita, quizás, algo mucho más difícil: continuidad.
Que las buenas políticas sobrevivan a sus autores. Que la estabilidad no dependa de un líder. Que el equilibrio fiscal no sea patrimonio de una ideología. Y que la sensibilidad social no sea monopolio de quienes creen que el Estado puede gastar sin límites.
Si después de Milei la Argentina consigue conservar la estabilidad macroeconómica e incorporar una mirada más humana sobre la economía cotidiana, habrá dado un paso decisivo.
Pero si el cansancio social provoca un nuevo giro pendular y la respuesta vuelve a ser el gasto fiscal desmesurado, la emisión y la ilusión de que el Estado puede resolverlo todo, la historia volverá a repetirse.
La Argentina no debe regresar al pasado. Pero tampoco puede construir el futuro ignorando el presente.
Tiene que superar sus dos grandes tentaciones: la irresponsabilidad del gasto y la insensibilidad del ajuste.
Tal vez el verdadero desafío argentino no sea elegir entre una economía ordenada y una sociedad protegida. El desafío consiste en comprender que una no puede sostenerse indefinidamente sin la otra.
Porque después de Milei debería venir una nueva etapa. No otra vuelta del péndulo.
Por Sergio Bruni
