Sergio Bruni
Hebe, el wokismo y una confusión peligrosa
El autor de la columna cuestiona las recientes declaraciones de Hebe Casado sobre la “africanidad” de la selección francesa de futbol, y afirma que son un claro acto racista.“Como las luces de París, que pueden iluminar o encandilar, según la lucidez de quien las observa” solía repetir un gran maestro que tuve en mi etapa universitaria, hay palabras que iluminan y palabras que apenas encandilan. Las primeras nacen del estudio, de la reflexión y del tiempo; las segundas, de la urgencia por ocupar un espacio en el ruido cotidiano. La política contemporánea, demasiado cautiva de las redes sociales, suele premiar estas últimas.
Las recientes declaraciones de Hebe Casado sobre la “africanidad” de la selección francesa de futbol, en un claro acto racista -en Brasil seria motivo de un proceso judicial en prisión- vuelven a poner de manifiesto un problema cada vez más frecuente en el debate público: la tendencia a reducir la complejidad de las relaciones internacionales a consignas ideológicas.
En ese intento por simplificar, se confunden categorías distintas y se ofrece una lectura parcial de un escenario que, por definición, exige matices. A ello se suma una dinámica cada vez más extendida en la conversación política contemporánea: la inclinación a reaccionar de manera inmediata en redes sociales, antes que a elaborar argumentos con mayor profundidad. Esa lógica favorece intervenciones breves y efectistas, pero rara vez contribuye a una comprensión seria de los asuntos públicos. Ante el repudio generalizado de sus dichos no tuvo mejor idea que culpar al wokismo de tales reproches.
La pobreza conceptual de sus declaraciones queda expuesta: además de constituir un error político de una estupidez difícil de justificar, demuestran que desconoce el significado y alcance del wokismo utilizándolo como una etiqueta vacía.
El llamado “wokismo” es, ante todo, un fenómeno cultural e ideológico, identificado con posiciones progresistas o de izquierda. Puede ser objeto de adhesión, crítica o rechazo, pero no constituye una doctrina de política exterior ni explica por sí mismo el comportamiento de los Estados. Las naciones no definen su inserción internacional únicamente en función de debates culturales, sino a partir de intereses estratégicos, comerciales, militares, energéticos y tecnológicos. Ignorar esta realidad conduce a una interpretación simplificada del sistema internacional y empobrece discusiones que requieren precisión conceptual.
La práctica diplomática ofrece numerosos ejemplos de esta lógica. Estados Unidos comercia con países cuyos sistemas políticos cuestiona; China mantiene vínculos con gobiernos de orientaciones muy diversas; Europa negocia con actores que no comparten plenamente sus valores democráticos.
La política internacional ha funcionado históricamente de ese modo: el interés nacional suele prevalecer sobre las afinidades ideológicas. Incluso los gobiernos que se presentan como defensores de determinados principios terminan ajustando su conducta a las exigencias de la geopolítica, donde pesan más los recursos, las rutas comerciales, la seguridad y la capacidad de influencia que cualquier etiqueta cultural.
Más allá de la discusión conceptual, este tipo de afirmaciones plantea un problema adicional: la banalización tuitera de temas que exigen responsabilidad institucional. Quien ocupa un cargo público debería contribuir a ordenar el debate, no a reducirlo a eslóganes. La política requiere capacidad de análisis, comprensión del contexto y evaluación de consecuencias. Cada declaración institucional tiene efectos, especialmente cuando proviene de una autoridad que debería aportar seriedad y claridad.
Confundir una corriente cultural con la lógica del sistema internacional revela una comprensión insuficiente de cómo operan los Estados. Desde el realismo clásico hasta las corrientes contemporáneas de las relaciones internacionales, existe un amplio consenso en que los países priorizan sus intereses permanentes por encima de sus simpatías ideológicas. La diplomacia no es una competencia de pureza doctrinaria ni una disputa por la consigna más contundente en redes sociales. Es, en cambio, el arte de administrar tensiones, construir márgenes de maniobra y proteger objetivos concretos en un escenario de intereses cruzados.
La política provincial tampoco se beneficia de este tipo de intervenciones. Mendoza necesita dirigentes capaces de comprender las transformaciones del comercio mundial, la competencia por inversiones, los desafíos energéticos y la inserción internacional de sus economías regionales. Ninguno de esos temas se explica apelando al “wokismo”, y mucho menos se resuelve con comentarios improvisados que buscan impacto inmediato, pero no aportan elementos útiles para pensar el desarrollo de la provincia. Cuando la agenda pública se empobrece, no solo se debilita el debate: también se reduce la capacidad de gestión.
En tiempos de polarización y consignas, la diferencia la marcan quienes distinguen conceptos, estudian los problemas y entienden que la política exterior exige mucho más que frases efectistas. Gobernar supone comprender la realidad, no caricaturizarla. Supone también resistir la tentación de convertir cada tema en una oportunidad de exposición personal.
La reacción inmediata puede generar visibilidad, pero rara vez sustituye el análisis, la prudencia y el sentido institucional. La consecuencia es gravísima, en este caso la declaración de la Embajada de Francia, como persona no grata a la vicegobernadora de Mendoza. Entiéndase el alcance en su real dimensión, no solo afecta a la persona “Hebe Casado” afecta a toda la provincia de Mendoza por el alto cargo que tal persona ostenta. Como sostenía Hannah Arendt, Pedir disculpas y reconocer el error sería lo más conveniente, para reparar el daño causado y no afectar vínculos diplomáticos históricos.
En una columna anterior destaqué una actitud de Hebe Casado que consideré valiosa: la sinceridad con la que, durante la Asamblea Legislativa, expresó el dolor que le provocaba ver a tantos jóvenes mendocinos cruzar a San Juan en busca de oportunidades laborales que no encuentran en nuestra provincia. Aquella reflexión revelaba una preocupación genuina por una realidad que nos interpela a todos.
Precisamente por haber reconocido ese gesto de honestidad intelectual, considero que hoy corresponde señalar un error. Quienes ejercen responsabilidades institucionales también se equivocan, y el verdadero liderazgo no consiste en la infalibilidad, sino en la capacidad de reconocer los desaciertos.
Como ciudadano comprometido con la cosa pública -en el sentido clásico de aquel que participa del debate público pensando en el interés general y no en las conveniencias circunstanciales- le pediría respetuosamente a la Vicegobernadora que revise sus afirmaciones y ofrezca una disculpa. No como un acto de debilidad, sino de fortaleza democrática.
Pedir disculpas cuando se ha incurrido en un error no disminuye la autoridad; por el contrario, la engrandece. La política necesita dirigentes capaces de reconocer cuando una palabra ha sido desafortunada, porque solo así se fortalece la confianza pública.
Sería un gesto que honraría su investidura y, sobre todo, contribuiría a elevar la calidad del debate político que Mendoza merece.
Por Sergio Bruni
