Marcelo Venier
Cuando un gesto vale más que mil palabras
Mientras la selección argentina reivindicaba ante el mundo la soberanía sobre las Islas Malvinas con una bandera exhibía un sentir nacional, el Gobierno atravesaba una profunda discusión en torno al proyecto de reforma del régimen de propiedad de la tierra (extranjerización).Hay momentos en la historia en que un solo gesto consigue expresar lo que la política es incapaz de sintetizar en cientos de discursos. La imagen del seleccionado argentino levantando una bandera con la inscripción "Las Malvinas son argentinas", luego de eliminar a Inglaterra en el Mundial 2026, pertenece a esa categoría de acontecimientos…
La fuerza de “ese gesto” no residió únicamente en el resultado deportivo ni en el simbolismo de vencer al país que ocupa las islas desde 1833. Su verdadera potencia no estuvo en su origen sino en su presencia en un escenario mundialista.
La bandera no nació en una oficina pública, ni en una estrategia de comunicación oficial, ni en una consigna partidaria; muy por el contrario, estaba proscripta por el estado nacional y la FIFA.
Tampoco se sabe si fue en la tribuna; lo cierto es que, al entrar al campo de juego, fueron los propios futbolistas quienes la alzaron y decidieron hacerla suya, convirtiéndola en el símbolo de una celebración que, inmediatamente, dejó de ser deportiva para transformarse en un hecho político de alcance internacional.
La reacción británica fue inmediata. Periodistas, dirigentes y medios del Reino Unido respondieron con dureza. La FIFA anunció una investigación por la exhibición de mensajes políticos durante la competencia. El episodio volvió a colocar a las Islas Malvinas en la agenda mundial sin necesidad de discursos diplomáticos ni declaraciones oficiales.
Un gesto había conseguido lo que muchas veces no logran años de política exterior y, mientras esa imagen recorría el mundo, otra discusión ocupaba el centro de la política argentina.
El Gobierno impulsaba un proyecto de reforma del régimen de propiedad de la tierra que provocó un enfrentamiento público dentro del propio oficialismo. La vicepresidenta Victoria Villarruel cuestionó la iniciativa invocando argumentos vinculados con la defensa de la soberanía territorial, mientras otros integrantes del Gobierno defendían el proyecto como parte de su programa económico.
La coincidencia temporal entre ambos hechos produjo una imagen de enorme fuerza simbólica. Mientras millones de argentinos celebraban un gesto que reivindicaba la soberanía sobre una parte del territorio nacional, el espacio político del gobierno proponía simultáneamente un proyecto que eliminaba toda restricción a la apropiación del territorio por parte de particulares o países extranjeros.
Es allí donde esta nota propone una interpretación política.
Lo que quedó expuesto no fue solamente un desacuerdo legislativo. Lo que emergió fue el enfrentamiento entre dos concepciones antagónicas acerca de la Nación; de un lado, una idea de país en la que el TERRITORIO constituye mucho más que un bien económico. Es memoria, identidad, pertenencia, historia y soberanía. Es el espacio donde se construye una comunidad política y donde se proyecta el destino de las generaciones futuras. Desde esa concepción, la defensa de Malvinas y la protección del territorio continental constituyen un único principio de carácter fundacional.
Del otro, un proyecto que privilegia la lógica del mercado y entiende que la tierra es esencialmente, un activo económico cuya circulación puede entregarse sin límite ni restricción alguna; incluso sin atender a criterios de sustentabilidad ecológica y/o estratégica. Quienes sostienen esta visión la presentan como una herramienta para el desarrollo, abstrayéndose de considerar si implica la entrega del territorio, su soberanía y de su población. En definitiva, de su independencia.
Ese antagonismo explica por qué la bandera levantada por la selección adquirió una dimensión inesperada. No fue solamente una reivindicación sobre Malvinas, fue también la expresión espontánea de un sentir nacional que, para los argentinos, identifica la defensa del territorio como un valor irrenunciable.
En esa imagen, apareció otra fractura que la política no puede seguir ignorando. La distancia entre un sector de la dirigencia con la ciudadanía y peor aún, con los principios fundacionales de la República.
Mientras el sistema político debatía artículos, inversiones y regímenes jurídicos, un grupo de futbolistas —interpretando el sentimiento ínsito en toda la ciudadanía— consiguió expresar con una bandera una idea de pertenencia que movilizó a millones de personas dentro y fuera del país.
Los símbolos poseen esa capacidad extraordinaria, revelan aquello que las estadísticas no miden y que las encuestas apenas insinúan; esto es, la emoción colectiva provocada por el mensaje que aquella bandera exhibía e inspiraba: La patria no se vende, se defiende.
Por eso tampoco resulta casual que, casi simultáneamente, volvieran a ocupar espacio público artículos sobre San Martín, documentales sobre los veteranos de Malvinas y debates sobre la propiedad de la tierra. Todos esos hechos parecen confluir en una misma pregunta:
¿Qué entendemos hoy por soberanía?
San Martín jamás concibió la independencia como un acontecimiento militar, comprendía que un pueblo sólo es verdaderamente libre cuando conserva la capacidad de decidir sobre su propio destino y de proteger aquello que constituye el fundamento material de su existencia.
Dos siglos después, esa discusión reaparece bajo nuevas formas.
Ya no se libra únicamente en los campos de batalla. También se libra en las calles, en los parlamentos, en las decisiones económicas; en la administración de los recursos estratégicos y en las leyes que regulan el destino del territorio y su soberanía. Todo es lugar es bueno para defenderlos.
La historia demuestra que las naciones no pierden su soberanía de un día para otro. La van resignando, muchas veces, mediante decisiones que en su momento parecen meramente administrativas, económicas o legislativas, pero que quebrantan las bases de una NACION y de cómo la misma se relaciona con su territorio, con sus recursos y con su propio destino.
Por eso, la bandera levantada por la selección argentina no fue solamente un homenaje a los héroes de Malvinas ni una reafirmación del reclamo sobre las islas. Fue, un recordatorio de que la soberanía comienza allí donde UNA NACION decide que está dispuesta a defender y a no a ceder los valores y principios que sustentan la creación de la REPUBLICA ARGENTINA.
El próximo 6 de agosto el Senado volverá a debatir el proyecto de reforma del régimen de propiedad de la tierra que oculta la posibilidad de “extranjerizar” el territorio.
La discusión excede ampliamente el contenido de una ley. Lo que estará en juego no será únicamente un texto legislativo, sino dos posturas antagónicas acerca del país que la Argentina quiere construir:
Una, que concibe al Territorio como el soporte material de la Nación, un patrimonio estratégico inseparable de la soberanía, la identidad y el interés de las generaciones futuras. La otra, considera que, debe prevalecer una lógica del mercado y que todo puede ser transable, negociable, VENDIBLE, incluso el futuro de NUESTROS HIJOS.
Esa será, en definitiva, la verdadera discusión del 6 de agosto.
No se tratará solamente de decidir quién puede adquirir tierras en la Argentina. Se tratará de responder una pregunta mucho más profunda:
¿Qué idea de país queremos legar a nuestra descendencia?
Y acaso exista otra pregunta, todavía más inquietante, si la tierra deja de ser concebida como un elemento constitutivo de la soberanía para convertirse, esencialmente, en un activo comercializable:
¿Qué país quedará después de esa decisión?
Porque hay momentos en que un gesto vale más que mil palabras y hay decisiones que pueden valer más que un siglo de discursos…
