Mil cuatrocientos sesenta y nueve días después de finalizada la Guerra de Malvinas, Diego Armando Maradona, en el Estadio Azteca, marcó los dos goles a los ingleses, dejándolos fuera del Mundial de México ’86 y construyendo un peldaño más hacia la gloria mundialista.
No, no fue sólo un partido de fútbol. Ni cerca.
Heridas profundamente dolorosas, abiertas y a flor de piel; el hundimiento del Belgrano, los seiscientos cuarenta y nueve que no volvieron, la oscuridad que se extendía más allá de la guerra y la sociedad argentina, golpeada y contemporánea de esas tragedias, mirando por TV al Diez apilando ingleses como nunca nadie en la historia lo hizo.
Esto es fundamental de entender: vivimos ese partido como un choque entre presente y presente. Éramos los mismos espectadores que nos pegábamos a la radio para escuchar noticias de las islas y nos parábamos frente al televisor para ver a la selección de Bilardo. Por eso lo vivimos como una venganza, como una causa nacional de reivindicación histórica, como una forma de limpiar una ignominia, una afrenta contra nuestra nación y nuestra bandera. Es inútil que nos pidan racionalidad y criterio en el análisis, porque esa sensación colectiva de justicia y orgullo excedió ampliamente esos parámetros.
Sabemos que nuestros muertos no vuelven, pero Maradona y los héroes del ’86 hicieron mucho más que ganar un partido de fútbol. Quizás explicarlo a la luz de los años no sea tan fácil; quizás sea hasta inútil pretenderlo, pero basta con escuchar otra vez el relato de Víctor Hugo para saber que ese barrilete cósmico nos llevó, prendidos a él, a más de treinta millones de argentinos hacia la gloria. Maradona, el Diego, concluyó su obra trayendo la Copa a casa, en el apogeo de su gesta, haciendo de su zurda el arma más precisa para lograr lo que, sin dudas, fue uno de los hitos populares y colectivos más importantes de las últimas décadas.
No insistan, es al cuete: para nosotros no fue sólo un partido de fútbol y lo vivimos así. Y estuvo bien, y nos hizo bien, y nos dio una buena entre tantas malas. Y el que no salta es un inglés, carajo.
Desde aquel triste 14 de junio de 1982 hasta este encuentro con los ingleses en las semifinales del Mundial 2026 han pasado cuarenta y cuatro años, doce meses y un día. ¿Y ahora? Heráclito nos enseñó que ningún hombre puede bañarse dos veces en el mismo río, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos.
No somos los mismos, ni tan distintos. Esta sociedad, lógicamente, reinterpreta Malvinas a la luz de los años, con más distancia, con generaciones que no vivieron el conflicto y que lo experimentan desde una lógica de presente-pasado. Otros intereses, otro mundo y otra forma de relacionarse con él; otras políticas y hasta diferentes maneras de construir la épica colectiva y la narrativa individual. Ojo, no hay que confundirse: nuestro reclamo soberano es eterno e irrenunciable. Las Malvinas fueron, son y serán argentinas eternamente. Eso no cambia ni jamás debe cambiar; pero cambiamos nosotros y cambió la sociedad. Eso es innegable.
En cuanto a lo futbolístico, Maradona construyó contra los ingleses uno de los hitos más importantes de la gesta maradoniana y de su posteridad. En cambio, el prime —dirían mis hijos— de Messi y la Scaloneta no es hoy: fue Qatar y todo lo que siguió. Messi llega a este Mundial con los laureles eternos ya conseguidos y con el reconocimiento de toda una nación, e incluso de países que enarbolan nuestra bandera por el fanatismo hacia su persona y su carrera. Qué suertudos somos de ser contemporáneos de este extraterrestre terrenal y argentino. Hoy es la yapa, sin desmerecer lo que significará el resultado de este partido para la posteridad.
Además de porfiados, los viejos somos intensos y convertimos un triunfo futbolístico en algo mucho más grande y duradero. Les toca a las nuevas generaciones decidir cómo reinterpretar este partido porque, casi como un guiño al gran surrealista René Magritte y su Ceci n’est pas une pipe, imaginemos por un instante la imagen de Maradona casi en el piso, con Peter Shilton ya vencido y la pelota ingresando para poner el broche al gol del siglo, acompañada por la leyenda: “Esto no es un partido de fútbol”. Y, a su lado, ojalá así sea, la de Lionel apilando defensores, definiendo a un ángulo, gritando un gol más para la estadística, que nunca podrá ser uno menos para nuestra historia.
Veremos, porque quizás nuestros hijos decidan que Ceci n’est pas un match de football.