Nos dijeron que el esfuerzo iba a tener recompensa. Que estudiar, capacitarse y trabajar era el camino para crecer. Que la juventud iba a ser protagonista del futuro que venía. Pero hoy, para muchísimos jóvenes mendocinos y argentinos, la primera gran oportunidad sigue teniendo forma de pasaporte y pasaje de avión.
Mientras el país discute indicadores financieros, tasas de interés o el rumbo de la economía, hay una realidad que golpea de lleno a nuestra generación: siete de cada diez jóvenes menores de 24 años trabajan en negro en el Gran Mendoza. Ese es el punto de partida para miles de chicos que salen a buscar su primer empleo.
Y un primer empleo en negro no es solamente un sueldo. Es empezar sin aportes, sin obra social, sin estabilidad y con la sensación de que construir un proyecto de vida propio queda cada vez más lejos.
No creo que esta sea una discusión entre quienes defienden un modelo económico y quienes defienden otro. Creo que es una discusión sobre prioridades. Porque una economía que no genera oportunidades reales para quienes recién empiezan difícilmente pueda hablarle de futuro a una generación que siente que su mejor oportunidad está lejos de su casa.
Muchos jóvenes ya no se preguntan cómo comprarse una vivienda, se preguntan cómo conseguir un trabajo registrado. Otros directamente dejaron de pensar en quedarse y empezaron a pensar en emigrar. Y eso debería preocuparnos mucho más que cualquier discusión de coyuntura.
Hace tiempo planteo que el primer empleo joven merece una política pública específica. No alcanza con esperar que el mercado, por sí solo, resuelva un problema que viene profundizándose hace años. Necesitamos incentivos para que las empresas incorporen jóvenes, programas de formación vinculados al mundo productivo y un Estado que deje de ser un espectador para convertirse en un facilitador de oportunidades.
Porque el primer empleo no es solamente un contrato. Es la puerta de entrada a la independencia económica, a la posibilidad de alquilar, de formar una familia, de emprender y de proyectar una vida en el lugar donde uno nació.
La Argentina necesita volver a ser un país donde el sueño de un joven no empiece en Ezeiza, sino en su propia ciudad. Donde la primera oportunidad no sea hacer las valijas, sino conseguir un trabajo digno.
Porque si la única salida que estamos ofreciendo a nuestros jóvenes es irse, entonces no estamos perdiendo solamente talento, estamos perdiendo futuro.