Rafael Moyano
Primero se apagó la fábrica, después preguntamos por qué (y otra vez llegamos tarde)
La planta de Knorr en Guaymallén cerró sus puertas y 60 empleados se quedaron sin trabajo. El autor de la columna analiza el impacto que tiene la noticia en el sector.Todavía me acuerdo del olor a cebolla deshidratada que se sentía cuando uno andaba por la zona de la planta de Knorr. No era un olor feo. Era un olor a laburo, a algo que estaba pasando ahí adentro. Uno ni lo pensaba. Estaba ahí, como están tantas cosas de todos los días que terminamos incorporando al paisaje sin preguntarnos demasiado de dónde vienen.
Ahora ese olor no está más.
La planta de Knorr cerró.
La noticia se conoció a principios de agosto. El lunes 10, los 60 trabajadores de la planta de Guaymallén recibieron la confirmación: la operación de deshidratado de vegetales cerraba después de más de sesenta años. La mayoría de los acuerdos de desvinculación se cerraron esa misma mañana, con el acompañamiento del sindicato y el pago de las indemnizaciones correspondientes. La planta, que había abierto sus puertas en 1964, procesaba alrededor de 15.000 toneladas de vegetales frescos por año y producía unas 3.500 toneladas de vegetales deshidratados. No era una línea de producción cualquiera: era la única planta deshidratadora de vegetales que Unilever tenía en el mundo. Y sin embargo, los portones se cerraron igual.
Y la noticia nos llegó como llegan tantas noticias económicas: una multinacional reordena su negocio, se pierden puestos de trabajo, la producción se concentra en otro lugar. Unas líneas en los diarios y a otra cosa.
Pero hay algo de esas explicaciones que me molesta. Porque siempre hacemos lo mismo. Primero pasa. Después preguntamos.
Primero se apaga la fábrica y después empezamos a preguntarnos qué carajo perdimos.
Y no era solamente un galpón en Guaymallén. Más de sesenta años no desaparecen de un día para el otro. Ahí había una relación entre productores, trabajadores, técnicos, investigadores y una industria que hacía algo bastante sencillo de explicar y bastante difícil de construir: recibía lo que daba nuestra tierra y lo transformaba.
La cadena llegó a involucrar a unas 400 familias entre el campo y la fábrica. Y hay un dato que a mí me resulta especialmente incómodo: la propia Unilever la presentaba como la única planta de deshidratado de vegetales que tenía en el mundo y como la más grande de Argentina. Knorr incluso hablaba de Mendoza como el lugar donde "empieza todo".
Y sí. Empezaba todo.
Estaba el productor que sembraba. Estaba el que investigaba. Estaba el que cosechaba. Estaba el que trabajaba en la planta. Estaba el conocimiento que se había acumulado durante años. Estaba la máquina. Estaba la industria. Después el producto seguía viaje.
Ahora ese proceso ya no empieza acá.
Y eso debería hacernos pensar un poco más de lo que estamos pensando.
Porque tampoco quiero caer en la nostalgia fácil. No me interesa defender una marca de sopas porque tenga una historia larga. Una multinacional tiene derecho a reorganizar su negocio. Si decide que le conviene producir en otro lugar, podrá hacerlo.
La discusión no es esa.
La discusión es qué hace una provincia cuando pierde una capacidad industrial que tardó décadas en construir.
Porque ahí aparece algo que no entra fácilmente en una planilla de Excel.
Durante casi treinta años el INTA trabajó junto con la empresa. No era simplemente comprarle zanahorias o cebollas a un productor. Se investigaban variedades, se desarrollaban semillas, se estudiaba cómo conseguir vegetales que funcionaran mejor para el proceso industrial y se asesoraba a los horticultores.
Había ciencia metida en una sopa.
Y había algo todavía más importante: había gente que sabía hacer las cosas. El productor que había aprendido a producir para esa industria. El técnico que conocía el proceso. El trabajador que sabía cómo funcionaba una línea que no se aprende mirando un tutorial de YouTube. El investigador que había pasado años desarrollando una variedad.
Eso lleva tiempo. Muchísimo tiempo. Y cuando una planta cierra, todo eso no se muda prolijamente en camiones junto con las máquinas. La masa de conocimiento que se acumuló alrededor de una actividad puede desaparecer bastante más rápido de lo que tardó en construirse.
Eso es lo que me preocupa.
Por eso me llama tanto la atención que hoy se hable del cierre como si se tratara simplemente de una decisión interna de una compañía.
Es una decisión interna de una compañía, sí. Pero sus consecuencias no son internas.
Desde Unilever justificaron la decisión con un comunicado que suena a manual corporativo: hablaron de "la evolución del negocio de alimentos", de "la transformación permanente del modelo operativo" y de la necesidad de "adaptarse a los cambios en los hábitos de consumo". La empresa aclaró que el cierre de la operación en Mendoza no afecta la continuidad de la marca Knorr ni sus otras operaciones en el país. El proceso de deshidratación se concentrará en la planta de Pilar, provincia de Buenos Aires, y los vegetales que antes se procesaban en Guaymallén serán comprados a proveedores externos. Del otro lado, el gobierno provincial brilló por su ausencia. No hubo un plan de contingencia, no hubo una mesa de diálogo previa, no hubo una política activa para retener esa capacidad industrial. La noticia llegó, los trabajadores se fueron, y la política, como tantas otras veces, miró para otro lado.
Las consecuencias las siente el trabajador que pierde su empleo. Las siente el productor que tiene que buscar dónde colocar su cosecha. Las siente el proveedor. Las siente el comercio alrededor. Las siente el técnico. Las siente una comunidad que durante décadas se acostumbró a que ahí hubiera una industria. Y también las siente la provincia, aunque a veces nos demos cuenta cuando ya no hay nada que hacer.
Hace unos días pensaba justamente en los productores. ¿Qué van a hacer ahora los que le vendían zanahoria, cebolla o zapallo a Knorr? Me crucé con uno en la feria y me quedó dando vueltas algo que dijo, con esa mezcla de bronca y resignación que tienen los que trabajan la tierra cuando los números no cierran: "Ya no sé dónde llevar la producción. Todo se va a precio de risa. Total, ¿para qué me esfuerzo?".
Ahí está. Eso no aparece cuando decimos que una planta cerró. Pero está. Está en la cosecha que ahora tiene que encontrar otro comprador. Está en el productor que pierde previsibilidad. Está en una cadena que tiene que empezar de nuevo, si es que puede.
Y ahí aparece una pregunta que para mí es política, no empresarial. ¿Quién estaba mirando esa cadena antes de que la planta cerrara? No después. Antes. ¿Alguien estaba pensando qué podía hacerse para conservar esa capacidad industrial en Mendoza? ¿Alguien estaba mirando qué iba a pasar con los productores? ¿Había una estrategia para que todo ese conocimiento y esa infraestructura no desaparecieran? Porque eso lo tiene que hacer el Gobierno, para eso está.
Porque una cosa es que una empresa cambie su negocio. Eso puede pasar. Otra muy distinta es que nosotros no tengamos ninguna respuesta cuando sucede.
Ahí es donde vuelvo a San Martín. No por hacer una comparación grandilocuente. Sería ridículo decir que una fábrica de sopas es equivalente al Ejército de los Andes. No lo es. Pero hay una enseñanza que atraviesa ambas historias y que Antonioni entendía muy bien: la capacidad de un territorio no está solamente en lo que posee. Está en lo que sabe hacer con aquello que posee.
San Martín tenía una cordillera enfrente. Tenía que cruzarla. El Ejército necesitaba alimentarse y había que conservar los alimentos. Tejeda necesitaba resolver un problema de producción y encontró la manera de adaptar una máquina. Los productores mendocinos tenían tierra y agua y aprendieron a producir para una industria. El INTA tenía conocimiento y lo puso al servicio de una cadena productiva. Los trabajadores tenían oficio y durante décadas hicieron funcionar esa industria.
Todo eso junto es capacidad.
Y cuando una fábrica se apaga, una parte de esa capacidad se pierde.
Sabemos que no hay soberanía política sin independencia económica. Más allá de las cuestiones ideológicas hay una idea que sigue siendo difícil de discutir: para decidir sobre nuestro futuro necesitamos tener alguna capacidad para producirlo. No podemos llamar desarrollo a una economía que cada vez transforma menos lo que produce. Podemos vender más. Podemos importar más. Podemos consumir más. Pero si cada vez hacemos menos cosas, alguna parte de nuestra autonomía se va achicando.
Y eso es lo que me preocupa de Knorr. No la marca. No la multinacional. No la nostalgia por una fábrica que estaba ahí desde que uno era chico. Me preocupa que tengamos la costumbre de enterarnos de la pérdida de nuestras capacidades cuando ya se produjo.
Primero se apaga la fábrica. Después preguntamos qué pasó. Primero se pierde el comprador. Después nos acordamos del productor. Primero se va el conocimiento. Después hablamos de innovación. Y así vamos.
Entonces, ¿qué hacemos con lo que queda? Porque el predio sigue ahí. La estructura, los galpones, la capacidad instalada, el conocimiento acumulado durante décadas no deberían desaparecer con la misma facilidad con la que se fue la empresa. Quizás el destino de ese espacio no sea volver a producir caldos Knorr. Pero sí podría ser un polo de procesamiento de alimentos para pequeñas y medianas empresas mendocinas, un centro de innovación en alimentos o un parque industrial donde el Estado, los productores y los técnicos del INTA encuentren un nuevo punto de encuentro. Para eso hace falta voluntad política, no nostalgia. Hace falta entender que la pérdida de una fábrica no es solo una línea más en un balance corporativo: es una oportunidad que se nos escapa si no hacemos nada. Y la pregunta, ahora que ya sabemos lo que perdimos, es si estamos dispuestos a construir algo con lo que quedó, o si vamos a dejar que el silencio y el abandono terminen de enterrar lo que la deshidratadora dejó en pie.
Otra vez. Llegamos tarde.
Tal vez el desafío no sea recuperar Knorr. Tal vez sea algo bastante más difícil: recuperar la idea de que Mendoza tiene que transformar lo que produce. Que el campo y la industria no pueden vivir de espaldas. Que la investigación tiene que encontrar dónde aplicarse. Que el productor necesita algo más que un mercado ocasional. Que el trabajador necesita algo más que un empleo: necesita una estructura productiva donde su oficio tenga futuro. Y que cuando una empresa decide irse, la respuesta no puede ser simplemente mirar cómo se lleva una parte de esa cadena y después escribir una nota diciendo que qué lástima.
Porque el olor a cebolla deshidratada que durante tantos años fue parte del paisaje no era solamente un olor. Era una señal. Ahí había gente trabajando. Había productores. Había conocimiento. Había industria. Había una cadena.
Y ahora no hay más olor.
Quizás el problema no sea solamente que se apagó una fábrica. Quizás el problema sea que recién ahora estamos mirando alrededor para darnos cuenta de todo lo que había adentro.
