Rafael Moyano
La pregunta equivocada sobre la interna, la conducción y lo que de verdad está en juego
El autor de la columna reflexiona sobre las tensiones internas dentro del peronismo nacional.Lo de Parque Lezama me dejó pensando. No tanto por el acto en sí, que fue lo que todos esperábamos, sino por la pregunta que dejó flotando y que estos días escucho en cada conversación de compañeros. La pregunta es siempre la misma: ¿vos de qué lado estás? ¿Del peronismo más vertical, el que responde a Cristina, o del que se referencia en Kicillof y en algunos gobernadores y dirigentes nuevos? Y, sobre todo: ¿habrá el año que viene alguna síntesis entre esas dos aguas?
Quiero ser honesto, aunque no sea lo políticamente correcto. Creo que esa es la pregunta equivocada. Y creo que es importante decirlo, no para esquivar el debate, sino justamente para darlo en serio.
Voy a empezar por reconocer lo evidente. La tensión existe y no se va a resolver pronto. Este año, me parece, va a seguir todo más o menos igual: habrá control de daños, gestos de contención, la disputa va a continuar abajo del agua aunque por arriba se administren las formas. Y, dicho sea de paso, hacen bien quienes eligen no contestar cada chicana. Hay cosas que no hay que contestar; contestarlas es aceptar el terreno donde otro nos quiere hacer pelear. Así que no espero, sinceramente, una síntesis entre esos dos peronismos. No la veo. Entre otras cosas porque ambos comparten una certeza que les organiza la cabeza: están convencidos de que el gobierno nacional ya está terminado.
Y ahí está, para mí, el corazón del asunto. Si uno da por hecho que el adversario ya cayó, entonces la única discusión que queda es quién hereda lo que viene. Quién encarna el proceso, quién conduce a la oposición, quién será candidato. La pelea se vuelve, toda entera, una pelea por la conducción. Lo demás -el proyecto, el rumbo, la gente- pasa a ser decorado de esa disputa.
Lo digo con todas las letras porque lo pienso: la discusión de hoy en la cúpula no es una discusión sobre cómo sacar a la Argentina adelante. Es una discusión sobre la lapicera. A uno lo podrán dejar competir, lo podrán cuestionar, lo podrán enfrentar; capaz que alguno hasta llegue a presidente. Pero lo que no se le va a permitir a nadie, desde ningún lado, es conducir. Porque la conducción es, precisamente, lo único que se está disputando. Y cuando lo único que importa es quién manda, ya no hay proyecto: hay reparto.
Yo me formé en otra escuela. Me enseñaron -y todavía lo creo- que en el peronismo la conducción no se hereda ni se reparte en una mesa. Se gana. Se gana sirviendo, estando, resolviendo. “Mejor que decir es hacer” no era una frase de campaña: era una manera de entender el poder. El que conduce de verdad es el que se hace imprescindible para su pueblo, no el que acumula cargos ni el que tiene el nombre más pesado en la marquesina. Perón nos dejó esa idea, y la Iglesia que me marcó la dijo de otro modo: el que quiera ser el primero, que se haga el servidor de todos. Es la misma verdad mirada desde dos ventanas.
Por eso me cuesta entusiasmarme con el menú que nos ofrecen. Vertical o renovador. Uno o el otro. Es un menú de dos platos donde los dos son, en el fondo, el mismo: la política entendida como administración del aparato. Y a mí me parece que la política es otra cosa. Es una visión del hombre y de la comunidad antes que una técnica para tomar el Estado. Es preguntarse para qué se quiere el poder antes de pelearse por quién lo ejerce.
Quiero que se me entienda bien, porque acá es fácil confundir las cosas. No callo una posición para no comprometerme. Digo otra cosa, y la digo con humildad: no tengo capacidad de influir en nada de lo que deciden quienes se disputan esa conducción. No está a mi alcance, y forzar una opinión sobre lo que no puedo cambiar sería vanidad, no política. La pregunta honesta, la única que me corresponde hacerme, es otra: ¿qué tengo que hacer yo, desde donde estoy, con lo que tengo a mano?
Perón lo dijo mejor que nadie: los melones se acomodan andando. Uno no resuelve estas cosas discutiéndolas de antemano ni eligiendo bando en una mesa; se resuelven caminando, haciendo, dejando que la realidad vaya poniendo a cada cual en su lugar. Y sé algo más, que aprendí temprano y no pienso olvidar: mi opinión no es más importante que la unidad. Para un peronista nunca lo es. El que antepone su parecer a la unidad del movimiento, por buenas que sean sus razones, le hace un favor al adversario. Así que no voy a ser yo quien sume una grieta más a las que ya hay.
Lo que sí creo, con toda la convicción de la que soy capaz, es que para lo que viene vamos a necesitar algo que no se construye en ninguna interna: vamos a necesitar cuidar los pocos vestigios de comunidad que todavía quedan. Y cuidarlos no alcanza con organizarlos. Tienen que ser comunidad organizada, no solamente organización. La diferencia no es de palabras. Una organización sin comunidad es un aparato: sirve para juntar votos y repartir cargos, y se deshace apenas falta la billetera que la sostiene. La comunidad organizada es otra cosa —es vínculo, es pertenencia, es gente que se reconoce en algo común y se da una forma para sostenerlo—. Eso no se compra ni se hereda. Eso se cultiva, casa por casa, barrio por barrio.
Por eso no estoy planteando una posición en esa interna. Estoy diciendo que esa no es nuestra interna. La nuestra —la que de verdad me quita el sueño— es otra, y es mucho más vieja y mucho más urgente: es la que tenemos contra la pobreza, contra el abandono, contra la resignación de los que ya no esperan nada del Estado porque el Estado hace rato que no los mira.
Vivo y milito en Guaymallén, el departamento más grande de Mendoza y, al mismo tiempo, uno de los que peor la pasan. Uno de los que más produce y el que más posterga a su gente. Acá hay familias sin agua de red, barrios sin cloacas, pibes sin una cancha donde patear una pelota, vecinos que conviven con derrame cloacal monstruoso a cielo abierto. Yo no necesito que Buenos Aires defina quién manda para saber qué hay que hacer con eso. Lo sé. Lo sabemos. Y lo escribimos, y no lo hicimos para dejarlo archivado, pensado barrio por barrio, con nombres y con fechas. Mientras unos discuten la sucesión, hay un territorio entero esperando que alguien se haga cargo de él, no como caudillo o manda más, tenemos que arremangarnos y servir.
Y este es el punto que quería compartir, más que cualquier toma de posición. He visto, en estos años, una regla que se cumple siempre, casi como una ley. Cada vez que el aparato le ganó al territorio -cada vez que la estructura le pasó por encima a los que tienen los pies en el barrio-, el peronismo perdió. No lo digo yo solo; lo muestran los resultados, una y otra vez, en todas las escalas. El territorio legitimado por su pueblo no se reemplaza con una lapicera. Y cuando se lo intenta reemplazar, se pierde.
De manera que mi respuesta a la pregunta es que no voy a responderla en sus términos. No por falta de convicciones -las tengo, y firmes-, sino porque la pregunta correcta, para mí, no es de qué lado estoy. Es qué hago desde donde estoy. Y desde donde estoy lo único que tiene sentido es trabajar: organizar, acompañar, resolver. Cuidar esa comunidad que todavía resiste y darle forma para que aguante lo que viene. Construir desde abajo lo que arriba no se construye discutiendo.
Porque al final, estoy convencido, la conducción que tanto se disputan allá arriba no se gana en ninguna mesa. Se gana en el territorio, sirviendo, y se acomoda andando. El día que toque -si toca- no habrá que pedir permiso ni heredar nada de nadie: se habrá ganado del único modo en que un peronista gana algo que valga la pena, que es trabajando para los suyos y sin romper la unidad de los propios.
Mientras tanto, que sigan con su pregunta. Yo me quedo con la mía, que es más modesta y por eso me parece más verdadera: no quién conduce el peronismo, sino qué puedo hacer hoy, desde mi lugar, por mi pueblo. Lo demás, los melones, se irán acomodando andando.
