Sergio Bruni
Elecciones UNCUYO: el valor de la autocrítica
El autor de la columna asegura que atribuir la derrota de Gabriel Fidel únicamente al "efecto Milei" puede aliviar momentáneamente las tensiones internas, pero difícilmente ayude a reconstruir una alternativa más competitiva en el futuro.Después de una derrota electoral aparece casi de inmediato la necesidad de encontrar un responsable. Es una reacción humana y política. Lo preocupante es cuando esa necesidad reemplaza al análisis y la autocrítica. Eso es precisamente lo que ocurre cuando se pretende explicar el resultado de la elección de Gabriel Fidel en la Universidad Nacional de Cuyo apelando casi exclusivamente al llamado "efecto Milei".
La tesis resulta atractiva porque simplifica la realidad. Si la culpa es del contexto nacional, si el responsable es un presidente o un clima político ajeno a la universidad, entonces no hace falta revisar decisiones propias. No hace falta preguntarse qué se hizo mal, qué señales se ignoraron o por qué una parte importante de la comunidad universitaria decidió optar por otra propuesta.
Sin embargo, las elecciones —y más aún las universitarias— rara vez responden a una única causa. Son la consecuencia de una acumulación de factores políticos, institucionales, personales y culturales que terminan confluyendo en un resultado.
Uno de ellos fue, sin dudas, el desgaste natural de una gestión que llevaba 12 años conduciendo la universidad. Ningún proyecto es inmune al paso del tiempo. La continuidad puede ofrecer experiencia y previsibilidad, pero también genera desgaste, pérdida del impulso inicial y una creciente demanda de renovación. Negar ese fenómeno sería desconocer una constante de la política democrática.
También resulta difícil ignorar el peso que tuvo la fuerte participación del gobierno provincial en la campaña. La presencia del gobernador, de funcionarios y de dirigentes políticos fue mucho más intensa de lo habitual para una elección universitaria. Es probable que esa estrategia haya buscado transmitir fortaleza y respaldo institucional. Sin embargo, también pudo haber generado el efecto contrario: reforzar entre muchos docentes, no docentes, estudiantes y graduados la necesidad de preservar la autonomía universitaria frente al poder político.
La universidad tiene una lógica distinta a la de la política partidaria. Su legitimidad se construye sobre la libertad académica, el pluralismo y la independencia. Cuando una candidatura aparece demasiado asociada al poder político de turno, existe el riesgo de que parte del electorado interprete esa cercanía como una amenaza, aun cuando esa no haya sido la intención.
A ello se suma una diferencia de perfiles que no puede minimizarse. Gabriel Fidel llegó a la elección con una reconocida trayectoria política y de gestión pública. Exlegislador, exministro y protagonista de la vida política mendocina durante décadas, su candidatura estuvo inevitablemente asociada a ese recorrido.
Adriana García, por el contrario, representaba un perfil construido esencialmente dentro de la universidad. Su trayectoria no era la de una actora de la vida política, sino la de una académica que recorrió prácticamente todas las instancias de gestión universitaria: fue directora del Colegio Universitario Central (CUC), decana de la Facultad de Filosofía y Letras y secretaria académica de la Universidad Nacional de Cuyo, entre otras responsabilidades. Ese recorrido le otorgó una legitimidad fundada en el conocimiento de la institución y de sus desafíos cotidianos.
En una elección universitaria, ese contraste resultó decisivo para muchos votantes. No se trataba simplemente de elegir entre dos personas, sino entre dos perfiles de conducción. Mientras una candidatura aparecía estrechamente vinculada al mundo de la política partidaria y al gobierno provincial, la otra expresaba una identidad eminentemente académica, con una trayectoria forjada dentro de la propia universidad. Es razonable pensar que una parte importante de la comunidad universitaria haya privilegiado ese perfil para conducir la institución
En ese sentido, reducir todo al "efecto Milei" significa desconocer la especificidad de una elección en la que la identidad institucional, el perfil de los candidatos y la historia reciente de la universidad tuvieron un peso evidente. Incluso desde el punto de vista político, la explicación presenta dificultades. Si toda derrota se atribuye a un contexto externo, entonces ninguna victoria podría adjudicarse al mérito propio. La lógica debería ser la misma en ambos sentidos. Sin embargo, quienes hoy sostienen que Milei explica el resultado universitario no suelen recurrir al mismo argumento cuando obtienen triunfos – recientes y contundentes- en otros ámbitos.
También conviene poner en perspectiva otro de los argumentos que se repiten con frecuencia. El gobierno de Javier Milei ha sostenido desde el comienzo de su gestión que las universidades nacionales deben estar sujetas a mayores mecanismos de control y transparencia en el uso de los recursos públicos. Ese planteo, por sí mismo, no implica un cuestionamiento a la universidad pública, sino una exigencia que debería alcanzar a cualquier organismo financiado con el dinero de los contribuyentes.
La universidad pública constituye una de las mayores conquistas de la Argentina. Soy como millones de argentinos producto de ella y le debo buena parte de mi formación. Ha sido, durante décadas, una formidable herramienta de movilidad social, producción de conocimiento y desarrollo del país. Constituye un estandarte identitario de la Argentina forjado durante más de 100 años. Precisamente por esa importancia, debe ser defendida con seriedad y también con transparencia.
En ese marco, no resulta irrazonable discutir cómo se administran sus recursos. En distintas universidades del país se han formulado cuestionamientos públicos acerca del destino de algunos fondos y de la posible utilización en espacios políticos o partidarios. La defensa de la universidad pública no puede confundirse con la negativa a rendir cuentas.
Del mismo modo, tampoco parece razonable sostener que las universidades deban permanecer completamente al margen del esfuerzo fiscal que atraviesa el conjunto de la sociedad. Si trabajadores, jubilados, pymes y los distintos niveles del Estado han debido adaptarse a un proceso de ajuste para corregir desequilibrios acumulados durante años de populismo kirchnerismo, resulta legítimo debatir cuál debe ser el aporte de cada institución pública a ese esfuerzo colectivo. Ello no significa desfinanciar la educación superior ni desconocer su valor estratégico, sino administrar con responsabilidad recursos que son necesariamente escasos.
La universidad pública no necesita ser tratada como una "vaca sagrada", inmune a toda revisión. Necesita, por el contrario, preservar aquello que la hizo grande: excelencia académica, autonomía, transparencia y un uso eficiente de los recursos públicos. Defender esos principios fortalece a la institución; convertirla en un ámbito ajeno a toda evaluación o control solo termina debilitando la legitimidad social que históricamente ha sabido construir.
Las sociedades complejas no votan por una única razón. Mucho menos una comunidad universitaria, integrada por miles de personas con trayectorias, intereses y visiones muy diversas. Pensar que todos modificaron su conducta electoral exclusivamente por el escenario nacional implica subestimar la inteligencia del electorado y desconocer la dinámica interna de la propia universidad.
Existe, además, un problema político más profundo. Cuando una fuerza convierte sistemáticamente al contexto en el responsable de sus derrotas, termina renunciando a la posibilidad de aprender de ellas. La autocrítica deja de ser un ejercicio de crecimiento para transformarse en una amenaza que conviene evitar.
Quizás resulte más cómodo responsabilizar a Milei. Pero esa comodidad tiene un costo: impide revisar estrategias, liderazgos, discursos y formas de construcción política. Impide preguntarse si la campaña interpretó correctamente el humor de la comunidad universitaria, si la identificación con el poder provincial fue un activo o un pasivo, si 12 años de gestión reclamaban una renovación más profunda o si el diseño de la campaña fue el más adecuado para sumar voluntades.
Las derrotas importantes nunca tienen una sola explicación. Son el producto de múltiples decisiones, aciertos y errores que se acumulan en el tiempo. Buscar una causa única puede aliviar momentáneamente las tensiones internas, pero difícilmente ayude a reconstruir una alternativa más competitiva en el futuro.
La política madura comienza cuando somos capaces de examinar nuestras propias responsabilidades, en lugar de refugiarnos en la cómoda costumbre de atribuir siempre la culpa a los demás. Antes de señalar al contexto, siempre conviene mirar primero hacia adentro. Allí suelen encontrarse las respuestas más difíciles de aceptar, pero también las más valiosas.
Por Sergio Bruni
