Hace varios años, un grupo de vecinos de Lunlunta que vivimos cerca de dos sitios de «eventos» –Finca La Toscana y La Guadalupe (calle Franklin Villanueva entre el 2000 y el 3000), padecemos abuso auditivo por parte de esos lugares de fiesta.
Hicimos gestiones ante los responsables, pero fueron infructuosas: no quieren bajar la música ni acondicionar salones cerrados ni colocar barreras de contención sonora, como hacen en muchos lugares de «eventos» quienes entienden que la convivencia es un principio básico. Así, la música que emiten La Toscana y La Guadalupe suele hacer vibrar los vidrios de las ventanas de nuestras casas, algunas situadas a 300 metros de la fuente de sonido.
En síntesis, hay épocas, principalmente de noviembre a marzo, que los vecinos cercanos no podemos descansar ni conversar ni estar en paz a causa de la música sin control.
Hemos presentado notas al Municipio de Maipú, pero seguimos sin respuestas ni soluciones. La más reciente presentación ante el Municipio incluyó una medición de decibeles realizada por un técnico matriculado y certificada por escribano. El informe confirma la existencia de música a volumen que excede lo permitido.
La última novedad la recibimos en persona por parte de Ana Sevilla, titular del área de Fiscalización y Control del Municipio. Reconoció que los ruidos molestos existen, tanto en Lunlunta como en muchos otros lugares de Maipú. Nos explicó que no tiene personal suficiente para controlar todas las fiestas del departamento y se declaró impotente para solucionar el problema. Después de tres años de presentada la primera nota reclamando por la situación, recién la semana pasada derivó la nota al área de Saneamiento Ambiental. La espera continúa.
Ya hemos manifestado que no estamos en contra de la diversión ni de la actividad recreativa, turística y comercial. ¿Hay algo más hermoso que una fiesta? Pero entendemos que debe realizarse respetando la convivencia, algo que sigue sin ocurrir desde hace años, lamentablemente.
Sin más, me despido cordialmente, pero antes ofrezco unos fragmentos del escritor francés Pascal Quignard, para agregar algo más de drama a este reclamo y para que se entienda el título de esta nota.
«Desde eso que los historiadores llaman “Segunda Guerra Mundial”, desde los campos de exterminio del Tercer Reich, ingresamos en un tiempo donde las secuencias melódicas exasperan. En todo el ámbito terrestre, y por primera vez desde la invención de los instrumentos, el uso de la música se ha vuelto coercitivo y repugnante. Amplificada hasta el infinito por la invención de la electricidad y la multiplicación de su tecnología, se volvió incesante, agrediendo noche y día en las calles comerciales de las ciudades, las galerías, los pasajes, los supermercados, las librerías, los cajeros donde se retira dinero, hasta en las piscinas, hasta a orillas del mar, en los departamentos privados, en los restaurantes, en los taxis, en el subte, en los aeropuertos». (Completamos la lista de Quignard: las zonas rurales y semirrurales).
«La expresión Odio a la música quiere expresar hasta qué punto la música puede volverse odiosa para quien la ha amado por sobre todas las cosas».
Por Juan López, vecino de Lunlunta, Maipú