Mirar los números de Mendoza duele, pero es necesario. La caída del 2,5% en las ventas minoristas por el Día del Niño o un turismo que logra atraer visitantes, pero con estadías cada vez más breves y consumos medidos, no son fenómenos aislados. Son síntomas de algo más profundo: una provincia que se acostumbró a administrar la precariedad en lugar de discutir cómo volver a crecer.
El problema ya no es solamente que el bolsillo no alcanza. Es que miles de familias necesitan endeudarse para sostener su vida cotidiana. La tarjeta, las cuotas y los préstamos dejaron de ser herramientas para acceder a algo extraordinario y se convirtieron, muchas veces, en la manera de comprar alimentos, cargar combustible o simplemente llegar a fin de mes. Estamos financiando el presente con un futuro que cada vez cuesta más pagar. Y cuando trabajar no alcanza para vivir, ahorrar ni proyectar, el problema deja de ser individual y pasa a ser político.
Lo mismo ocurre con nuestra economía productiva y con el turismo. Mendoza conserva una enorme capacidad de atraer visitantes, producir, exportar y generar talento, pero demasiadas veces vivimos de esa inercia sin transformarla en desarrollo sostenido. No alcanza con celebrar un buen fin de semana si los comercios venden menos, los salarios pierden capacidad de compra y las familias siguen acumulando deuda. Mucho menos podemos pensar el futuro hipotecando aquello que constituye nuestra verdadera riqueza: el agua, la tierra, la biodiversidad y nuestra capacidad productiva.
Por eso necesitamos discutir un Nuevo Pacto Ecosocial para Mendoza. No como una consigna ambiental ni como una propuesta de escritorio, sino como un nuevo acuerdo sobre cómo queremos desarrollarnos. Una provincia con responsabilidad económica, sí, pero que mida su éxito también por la calidad de sus empleos, la fortaleza de sus empresas y productores, la transparencia en la gestión del agua, el desarrollo de nuevas energías y la capacidad de generar oportunidades en todo el territorio.
Mendoza tiene condiciones extraordinarias para hacerlo. Tenemos talento, conocimiento, recursos naturales, universidades, producción y una identidad construida alrededor de la cultura del trabajo. El desafío es dejar de administrar la decadencia y poner esas capacidades detrás de un proyecto común. No necesitamos elegir entre producir o cuidar nuestros recursos, entre crecimiento económico o calidad de vida. Necesitamos un modelo capaz de entender que una cosa depende de la otra.
No estamos condenados a sobrevivir entre cuotas, salarios atrasados y expectativas cada vez más pequeñas. La mejor versión de Mendoza tampoco está necesariamente en el pasado. Está en lo que seamos capaces de construir ahora. La salida no puede ser el ajuste permanente ni el endeudamiento como forma de vida: tiene que ser volver a producir, crecer y generar oportunidades poniendo a las personas y a nuestro territorio en el centro del desarrollo.